Que dicen los hombres de negocios del ramo que ya hay algún importantísimo touroperador del centro de Europa que va a limitar su trabajo en la costa valenciana; que a los potenciales turistas del norte continental y frío no les acaba de apetecer pasar sus vacaciones masificados y rodeados del cemento vertical que tiene como modelo a Benidorm. Vaya por Dios, dice uno mientras conduce y escucha el comentario en la radio. Los centroeuropeos prefieren la horizontalidad en el paisaje y no la muralla alta y costera de apartamentos y hoteles de muchos pisos. Aunque todavía no hay que preocuparse demasiado: llegarán, con el reclamo añadido del tabaco y el alcohol barato, miles de británicos, sin saber a ciencia cierta hasta cuando. Y aquí se sigue construyendo más y más junto a la costa, y sigue desapareciendo el paisaje sin saberse tampoco hasta cuando. Al cabo de unos segundos, la publicidad institucional del Ministerio central de Medio Ambiente nos recomienda a todos los hispanos que procuremos preservar nuestros paisajes naturales para las generaciones futuras. Que así sea; que tomamos nota y queremos que tomen nota los promotores del desarrollismo del cemento y sus mentores políticos en ayuntamientos, decimonónicas diputaciones y gobierno autónomo; mentores que actúan bajo el anagrama de la izquierda o de la derecha, que para el caso tanto da que sea El Puig o la Diputación de Castellón, o el topónimo costero que ustedes quieran. Pero claro, hablaba el señor de la Fitur del cemento vertical costero que acosa de forma agresiva e interesada el litoral valenciano. Y todavía nos queda un interior valenciano, un secano sin humedales y unos valencianos de secano cada día menos numerosos, aunque no extinguidos. Apaga uno la radio, cierra el coche y camina a través de un paisaje valenciano horizontal, por montañoso y abrupto que sea. En la raya de Aragón, el Penyagolosa; al Sureste, las moles mellizas o cimas del Mollet, que orientan a la aves migratorias; entre ambos, cerros y quebradas de una modesta altura, y torrenteras secas que alimentan, cuando la alimentan, a la seca y pedregosa Rambla que une las comarcas de El Maestrat, L'Alcalatén y La Plana Alta del País Valenciano. Hay que pisar con cuidado por ver de no dañar el chamaerops humilis, es decir, el discreto palmito ecológico que apenas alcanza el metro o metro y medio; que no es otra cosa el palmito que valencianísimo margalló, que junto al carrasquís y el coscoll mantienen viva y verda una tierra árida. Una tierra sembrada de masías y población dispersa y laboriosa hasta hace unas seis décadas, a la que el patricio republicano, valencianista sin secesionismos lingüísticos y de derechas, Gaetà Huguet Segarra, le dedico sus estampas literarias y las tituló Els valencians de secà. Un retablo humano todavía vivo que se aleja. Un paisaje y una cultura cuyo rastro se resiste a desaparecer. El libro, editado por la Universitat Jaume I y la Fundació Huguet, aparece prologado por el filólogo y senderista Vicent Pitarch. Y el prólogo de ese maestro, convencido de cuanto dice que es Pitarch, es un estudio serio, exento de sentimentalismo aunque no de afecto, de los valencianos que crecieron rodeados de bancales de piedra seca, de coscoja, de humildes margallons. Unos valencianos que, como indica Pitarch, respetaron la racionalidad a la hora de explotar los recursos que la naturaleza ofrecía por donde el Mas del Palmeral, dels Estrets, de la Foia de l'Ondí, de la Barona, de la Penella, de la Bassa de les Oronetes, de... A lo mejor leen el libro los verticales del cemento turístico.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004