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DE LA NOCHE A LA MAÑANA

Un panorama irresistible

La mala literatura rebosa de las mejores intenciones, lo mismo que políticos a lo Carod Rovira, ingenuo como un jubilado de casino rural seguro de resolver graves problemas aún con los ojos cerrados

Paroxismos

Hay pintorescos defensores de la vida que no desdeñan asesinar a los médicos que interrumpen embarazos, como hay a casa nostra pacíficas amas de casa que entran en trance en cuanto escuchan el término catalán y se convierten en filólogas de muchos quinquenios que no dudan en agredir al vecino con una lluvia de tomates sin acentos. La intransigencia no es cosa sólo de la religión, aunque toda violencia conserve algo religioso en sus entretelas. Si se confirma que en Marte hubo, hay o habrá vida, es un misterio la posición que adoptará la Iglesia Católica. Si no es humana, feo asunto, porque entonces la Biblia se convierte precisamente en la biblia en pasta. Y si no es humana ni animal, tal como por aquí las definimos, ya me veo a los teólogos de guardia urdiendo argucias espistolares para preservarla de la curiosidad de los científicos.

Compañeros de viaje

No hay que ser ningún lince para entender la iniciativa de Carod Rovira al reunirse en Francia con una de las cúpulas de ETA para negociar no se sabe bien qué cosa. Es una actitud política que no sólo responde perfectamente a la plantilla del entrismo, sino que, encima, se hace ilusiones acerca de su función mesiánica en el tripartito gobierno de Cataluña. Rovira no ha dado un paso en falso, sino un paso adelante según las convicciones del partido que lidera. Se presta al juego de la democracia, que tildará de formal, en nombre de los objetivos de una democracia más popular. Lo cierto es que ha liquidado sin explicación plausible las expectativas de la campaña electoral. Pero si quería liquidar el socialismo español de Zapatero, le habría bastado con no formar parte del Gobierno catalán, en lugar de ir a deguello con una iniciativa tan calculada como irresponsable. Igual hay que ser lince y entender el asunto de otro modo.

Allan Poe

Lo que fascina de algunas historias de Edgar Allan Poe es su evocación fantástica (algo chirriante para mi gusto) del horror más que la presencia del horror mismo, al contrario que en los relatos en corto de Joseph Conrad, donde el horror tiene cara. Se ignora si esa ambigüedad estilística explica el interés de los psicoanalistas europeos de segunda generación por aspectos parciales de la obra del norteamericano, lo que sería tal vez correlativo del fracaso de las adaptaciones para cine y teatro de una obra cuya carga de barroquismo gótico o lógico, según le de al autor, es difícil de trasladar a otro lenguaje. Una mudanza tan atractiva como problemática. Se ha dicho de Hichtcock que su arte consiste en colocar al hombre común ante el fantasma de la culpa. Es falso, porque no se ve qué tenía Cary Grant de común. Más interés tiene recurrir a Alexis de Tocqueville, a quien Julio Cortázar aludía en relación con Allan Poe: "Cuando el pasado ya no alumbra el porvenir, el espíritu avanza entre tinieblas".

La vida en común

Unos cuantos miles de millones de marcianos invisibles para los catalejos terrestres de última generación andan revueltos como hormigas del Amazonas intentando descifrar qué clase de animal es el robot que no deja de sacarles fotografías. Muchos de ellos han aprovechado para posar alegremente ante la cámara en el día de su boda, borrachos hasta las cejas del óxido en el que viven, en un suceso indetectable porque allí las novias no acostumbran a disfrazarse de novia para vestir el atroz acontecimiento. Hasta los cráteres más profundos del planeta rojo, que es donde se concentran las aldeas, han llegado rumores sobre la llegada de extramarcianos metálicos que, de momento, parecen pacíficos, aunque su tamaño haga sospechar que son portadores de armas de destrucción masiva. El Estado Mayor de los ejércitos marcianos permanece reunido en lo más profundo de los cañones, y escucha una y otra vez una emisión radiofónica de 1942 de un tal Orson Welles sin entender gran cosa.

Antesala de la espera

La Sanidad va viento en popa, excepto para los usuarios de a pie, que van de culo. El médico de proximidad hace un volante solicitando cualquier consulta especializada, el enfermo acude al centro de especialidades para formalizar la cita previa con el especialista, por ejemplo en la calle Alboraya, y se encuentra con una cola de no menos de 200 usuarios que están allí para lo mismo, conseguir una cita previa, que obtendrán meses después según una lista de espera inexistente, en una antesala de infierno donde hay que tomar turno numerado como en la carnicería. Las listas de espera sanitarias se extienden a la solicitud previa de la cita en espera, en una perversión alucinante que buen puede dejar en el camino un reguero de cadáveres nada exquisitos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004