Cuando se hablaba de él, siempre se recordaban las raquetas que había roto en la pista y las que había lanzado contra las paredes de los pabellones en los que se entrenaba cuando estaba en la escuela de su federación. Sin embargo, el suizo Roger Federer ha enterrado definitivamente aquella etapa y se ha convertido, a sus 22 años, en un tenista tan tranquilo, tan sereno, que incluso aquellos periodistas paisanos suyos que tanto le habían criticado desearían ahora que exteriorizara un poco más sus sentimientos.
Su carácter ha cambiado, pero su juego sigue ahí. Y esta nueva combinación de su personalidad es la que, aparentemente al menos, le ha permitido ganar el torneo de Wimbledon en 2003 y ayer el Open de Australia, su segundo grande, al imponerse al ruso Marat Safin por 7-6 (7-3), 6-4 y 6-2 en dos horas y 15 minutos.
Federer fue considerado ya el mejor júnior del mundo en 1998, cuando ganó los títulos individuales y de dobles de la competición londinense y fue subcampeón del Open de Estados Unidos y semifinalista del de Australia para concluir el curso con un triunfo en la Orange Bowl.
Todos sabían que iba a marcar el futuro. Pero nadie esperaba que fuera tan pronto. Sólo han pasado cinco años y Federer, de Basilea, hijo de Lynette, surafricana, y Robert, que se conocieron trabajando en una empresa farmacéutica, se ha convertido ya en el número uno absoluto, en el jugador que despierta más expectativas.
La calidad que desarrolló en Wimbledon, eliminando al norteamericano Andy Roddick y al australiano Mark Philippoussis en las dos últimas rondas, dio un respiro a los dirigentes, que encontraron en él al hombre capaz de emular finalmente las gestas del estadounidense André Agassi y de su compatriota ya retirado Pete Sampras.
"No sé hasta dónde puedo llegar", explicó ayer tras arrodillarse en la pista Rod Laver de Melbourne para celebrar su victoria en el primer grand slam de la temporada. "Siempre he dicho que imponerse en los cuatro en la misma campaña es muy difícil. Pero esta vez soy el único que puede hacerlo", agregó con una sonrisa de complicidad.
Lo único que sí afirma Federer es que las cosas le están saliendo tal y cómo él pretende. Dentro y fuera de la pista. Y no es poco, teniendo en cuenta que es probablemente el jugador más completo del circuito. "Es posible que sea quien tiene un tenis más natural", dice de sí mismo; "siempre pienso en el juego. Cuando veo a uno que va a pegar una bola, intuyo de inmediato los ángulos y los efectos. Eso me da cierta ventaja".
Puede que los demás se nieguen aún a reconocer su superioridad. Pero lo que ha ocurrido en la cita australiana confirma los pronósticos que vaticinaban el predominio del helvético en los próximos años.
En Melbourne ha superado al australiano Lleyton Hewitt, al argentino David Nalbandian, a Juan Carlos Ferrero y a Safin, todos los que, junto a Roddick, lideran la revolución que está viviendo el tour. "Para mí fue especialmente satisfactorio batir a Nalbandian y Hewitt porque tenía malos resultados contra ellos. Después, sabía que Ferrero estaba algo lesionado y pensé que Safin podía llegar más cansado a la final. Sin embargo, haberlos ganado a todos me da confianza y me produce unos sentimientos increíbles", declaró.
Alejado ya del técnico que le descubrió y que le formó, el sueco Peter Lundgren, desde el pasado diciembre, Federer sigue vislumbrando nuevos horizontes. "No tengo entrenador y ahora mismo me siento bien así", confiesa; "pero, si miro hacia atrás, reconozco que me fue bien con Lundgren y no descarto tener otro".
Su equipo de colaboradores es cada vez más íntimo: sus padres, que llevan su representación, y su novia, la ex jugadora Miloslava Vavrinek, que se ocupa de sus relaciones con la prensa. Desde 2003 se ha introducido también en el mundo de los negocios lanzando un perfume al mercado llamado Roger Federer. Su eslogan es: "Siente el toque". Como en su tenis.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004