Un pedazo de corrida de toros, que se dice, echaron ayer domingo en Ajalvir. Se celebraba el tercer festejo de la Feria de San Blas, que acostumbra a ser la primera del año en las Españas, desde hace más de un lustro. Y resulta que pudimos ver, no sin cierto asombro, cómo salían al ruedo seis toros con toda la barba, de ésos que, por su presencia, bien pudieran servir para una plaza como la de Madrid. Otro asunto es el juego que dieron. Desde el noble al manejable, pasando por el deslucido, pero casi todos con las fuerzas justas, cuando no de comportamiento manifiestamente inválido.
Qué se le va a hacer, mucha estampa y seriedad, pero pecaban de blandura de remos. Y con ese material, al fin toreable, quien mejor salió librado fue un tal Rafael de Julia, que se llevó, bien apañadas en el esportón, tres orejas que habrán de servirle para tomar aliento, confianza y se supone que contratos.
Rafael de Julia intentó el toreo a la verónica en su primero, tan blando como noble, y le dibujó muletazos largos, suaves y preñados de templaza, rematados a la fuerza por alto. En su segundo hizo un toreo a la verónica de excelente concepto, y una faena de muleta prolija, muy trabajada, el cite siempre a ley, en la que sobresalieron varios naturales y algún redondo cuajado, enjundioso y crujiente.
Alberto Elvira, que ayer cumplía 30 años, en su primero estuvo aseado y pulcro de trazo. Y en su segundo, apuntó unos ayudados por alto muy toreros en el prólogo de su faena, y varios naturales de limpia ejecución, muestra del buen corte que tiene. Iván Vicente en su primero, inválido de marca superior, no pudo ni tirar líneas. Pero en el sexto montó una faena que fue a más, del tercio y hacia las tablas, en donde el clasicismo bien aprendido y la templanza imprescindible se hicieron reconocer y valorar. La buena clase.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004