El flamenco rojo, colectivo, público, solidario, atento a las injusticias y la vieja lucha de clases también triunfa en Manhattan. El guante de hierro de Antonio Gades, comunista irreductible y marinero intrépido, lo ha recogido su discípulo José Antonio, director de la Compañía Andaluza de Danza (CAD), que el sábado triunfó por derecho en el Flamenco Festival USA.
Primero lo hizo con Bodas de sangre, la obra maestra de Gades, prodigiosa y contenida lectura poética del drama gitano de Lorca, y luego con La leyenda, el espléndido homenaje de la CAD a Carmen Amaya.
Las bailaoras Úrsula López, que encarna en La leyenda a la Amaya mujer real, y Elena Algado, que interpreta a la Amaya inmortal, bailan a dúo la mayor parte de este montaje que la CAD estrenó hace ya un año largo. Y lo hacen, como el resto de la compañía, con una calidad sorprendente para una institución pública. Se nota que José Antonio ha currado como una fiera con sus 20 bailarines, porque la CAD se carga de un taconazo todos los manidos tópicos sobre andaluces. Desde aquí, vaya este esbozo de anuncio publicitario: "¿Vagos, caóticos, desorganizados, improvisadores? ¡Vengan a ver trabajar a la Compañía Andaluza de Danza!".
Claro, hay algunos peros. Por ejemplo, la imaginativa coreografía de La leyenda queda lastrada a ratos por una música grabada, que no llega al nivel del baile, y hay algunos números alegóricos que se entienden regular y deberían ser subtitulados. A cambio, los movimientos de grupo son de una limpieza impoluta, inmejorable, y hay algunos, como el fin de fiesta, de una hondura y una gracia irreprochables. Y lo que es más difícil en una compañía así, la CAD ofrece varios momentos de galáctico talento individual.
Los fandangos con castañuelas de Úrsula López son estupendos por su ternura y su movilidad; la siguiriya a dúo con las larguísimas batas de cola es sin duda un espectáculo de primer orden; Miguel Ángel Corbacho (el estupendo Leonardo de Bodas de sangre) pide sitio y lo tiene en las bulerías finales, igual que Úrsula López y Elena Algado en sus vueltas respectivas, llenas de poder y embrujo...
Pero ¡cómo baila Úrsula López por alegrías, señoras y señores! Pasen y quítense la gorra, porque esas alegrías son unas alegrías de bandera. Sin ánimo de ofender "a naide", se puede decir incluso que esas alegrías de bandera son las mejores alegrías de bandera que ha visto el City Center (y la periferia) hace mucho tiempo.
Úrsula López sale vestida de hombre, con unos pantalones blancos que dan ganas de robárselos; Elena Algado aparece con un traje rojo de flamenca, bonito pero menos robable. Y tanto solas como cuando juegan a dúo con sus bailes, esas alegrías por Carmen Amaya resultan irresistibles, sublimes sin interrupción.
Los músicos salen en un grupo cerrado, todos de pie menos los guitarristas, y la recreación clásica se hace con acierto, respeto, medida y clase. Carmen Amaya, La Capitana, estará contenta por fin en su extraña tumba cántabra. Su ignorante país le ha hecho finalmente el homenaje que se merecía. Y ese Manhattan donde ella tanto gozó e hizo gozar ha vuelto a ver su estampa sobre un escenario. Algún sabio ya sabía: anoche la CAD tenía previsto repetir las alegrías en la segunda parte.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004