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Reportaje:LA NUEVA INDIA / y 2

India se abre al mundo

Nueva Delhi apoya el cambio que impulsa Lula y trata de crear un eje con Brasil y Suráfrica que le otorgue peso internacional

La presencia del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, como invitado especial en el desfile que conmemora en Nueva Delhi la fiesta nacional del 26 de enero, podía conducir a un espejismo. ¿Está India tratando de restablecer una alianza con las potencias del Tercer Mundo como contrapeso internacional a Estados Unidos? ¿Está ofreciendo India una política exterior alternativa en el convulso mundo actual? La respuesta que los dirigentes indios dan a ambas preguntas es un rotundo no.

"Lo que más nos atrae de Lula es precisamente su pragmatismo", afirma un portavoz del Ministerio indio de Relaciones Exteriores. "Lula fue invitado porque representa un modelo de cambio moderado con el que se identifica la política del primer ministro, Atal Behari Vajpayee. No hay que buscarle ninguna otra explicación a su presencia".

El mayor desafío en política exterior es su relación con los países árabes e islámicos

Tras el 11-S todo cambió. Washington convierte al país en un aliado objetivo

El Gobierno de India busca hoy una alianza sólida con Estados Unidos

Entre las embajadas extranjeras en Nueva Delhi se afirma con convencimiento que India está de forma discreta tratando de construir un eje con Brasil y Suráfrica, las otros dos grandes potencias de América Latina y África, con vistas a coordinar sus esfuerzos para posibles acciones de interés común, como la búsqueda de un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU o la presión en la Organización Mundial del Comercio a favor de la apertura de los mercados en los países desarrollados. Pero de ahí a que India quiera representar un desafío a la autoridad de Estados Unidos hay un enorme trecho que el Gobierno de Vajpayee no tiene intención de recorrer.

La actual política exterior de India no es más que un reflejo de la política proliberalización y prooccidental que en estos momentos rige el destino de esta nación. El Gobierno de la India busca hoy una alianza sólida con Estados Unidos y ha sustituido el viejo idealismo de los primeros años de independencia por un absoluto pragmatismo en el que la defensa de los intereses nacionales es la única razón para actuar.

El periodista Raja Mohan, cuyo libro Crossing the Rubicon está reconocido como una autoridad en la materia, cuenta que, tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, el ministro de Relaciones Exteriores de India, Jaswant Singh, hizo pública la disposición del Gobierno a ayudar a Estados Unidos "en todas las formas que fuese necesario". Tanta sorpresa causó esa declaración en la Embajada norteamericana en Nueva Delhi, acostumbrada por años a discursos antinorteamericanos o neutralistas de parte de los funcionarios indios, que acudió de forma privada a consultar al Ministerio de Relaciones Exteriores si esa colaboración ofrecida incluía "extensa cobertura y asistencia militar". La respuesta que la embajada recibió fue: "Sí".

La declaración de Singh provocó decenas de columnas de protesta y declaraciones en contra de miembros de la oposición. Pero no era una declaración que pudiera ser rectificada; era la certificación de una apuesta que marcaría el rumbo de la política exterior hasta la fecha y seguramente lo seguirá haciendo durante mucho tiempo. Los atentados del 11 de septiembre y la guerra contra el terrorismo que Estados Unidos desencadenó como consecuencia permitieron que Washington y Nueva Delhi hablaran por primera vez en la historia un lenguaje común en un asunto de la máxima prioridad para ambos países.

India llevaba años denunciando el apoyo de su vecino y rival Pakistán a los grupos terroristas que actúan en Cachemira. Durante todo este tiempo, Estados Unidos, más interesado en una alianza estratégica con Pakistán, permaneció sordo a las quejas indias. Todo cambió después del 11 de septiembre. De repente, Estados Unidos exigió a Pakistán una política enérgica contra los radicales islámicos que actúan en Cachemira, y la India se convirtió en un aliado objetivo.

La coincidencia de intereses con Estados Unidos abarca otros terrenos también de alta sensibilidad. Tras las duras críticas que India recibió de parte de Washington por las pruebas nucleares realizadas en 1998, el Gobierno de Nueva Delhi se vio ante un peligro de aislamiento que no pretendía. La oportunidad de rectificar le llegó en mayo de 2001, cuando el presidente George W. Bush anunció su programa de defensa espacial de misiles. India fue uno de los primeros y de los pocos Estados democráticos del mundo que respaldó la iniciativa. A cambio, Washington está considerando la colaboración con India en el desarrollo nuclear con fines pacíficos bajo ciertas condiciones de no proliferación que el Gobierno de Nueva Delhi no tiene ninguna dificultad para cumplir. Por lo demás, India no se ha sumado, más que de forma muy tenue, a las críticas contra la invasión de Irak. "La política de nuestro Gobierno sobre Irak es un insulto a la tradición del país", afirma Oscar Fernandes, secretario general del Partido del Congreso.

Esta relación con Estados Unidos es parte de una profunda transformación que deja muy atrás los tiempos de intensa amistad con la Unión Soviética, bajo el Gobierno de Indira Gandhi, o la defensa del movimiento de los no alineados, del que la India fue uno de sus fundadores y principales promotores en la década de los años setenta. Toda esa transformación está dominada por el eje del pragmatismo.

Pragmatismo también en la relación con el segundo foco más importante de la atención exterior de la India: China, país con el que libró una guerra en 1962 y con el que ha mantenido constantes tensiones militares hasta la década de los noventa. Como en el caso del terrorismo con Estados Unidos, de nuevo en este caso la India y China se encuentran en un terreno común: comercio.

Embarcado en su propia revolución económica interior, China prefería la estabilidad que la tensión en sus fronteras y atemperó notablemente el tono de su tradicional política propaquistaní en el conflicto de Cachemira. Lo atemperó tanto como para satisfacer las demandas indias que, en los últimos años, también ha tenido como prioridad la apertura de los mercados. En estos momentos, el intercambio comercial entre China e India es de 5.000 millones de dólares anuales, según cifras del Gobierno indio. Y, aunque oficialmente lo niega, China es el modelo de crecimiento económico y captación de inversión extranjera al que India quiere imitar. China atrae casi diez veces más capital exterior que India.

El mayor desafío de la política exterior india en estos momentos es, probablemente, su relación con los países árabes e islámicos. Con una población de cerca de 150 millones de musulmanes, India es la segunda mayor nación islámica después de Indonesia. Eso le obliga a jugar un papel en el mundo islámico, tanto por exigencia internacional como para responder a las ansiedades de su propia población musulmana. Eso choca, sin embargo, y de forma estrepitosa, con la orientación de un Gobierno que, además de prooccidental y, por tanto, crecientemente próximo a Israel -la India es uno de los principales destinos turísticos de los israelíes, que en poco sitios más gozan de la seguridad de que disponen aquí-, tiene una orientación nacionalista hindú y ha entrado en conflicto con la minoría musulmana de forma reiterada en los últimos años.

La semana pasada, el ministro de Asuntos Exteriores indio estuvo en Washington y recibió sonados elogios de parte del secretario de Estado, Colin Powell. En un momento de la conversación se sumó a ella el presidente Bush, quien pareció interesarse sobre todo en cómo se las arreglan para votar mil millones de personas en este país. La noticia todavía llamaba la atención de la prensa india, que aventuraba el inicio de una alianza estratégica que modificará los equilibrios en esta región del mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004