Gane o pierda George W. Bush en noviembre, probablemente frente a quien salga mañana encumbrado del supermartes de las primarias demócratas, la actual Administración habrá dejado una impronta sobre la política exterior de Estados Unidos. Un presidente demócrata puede resultar algo más multilateralista, pero no hay que contar demasiado sobre ello, entre otras razones porque la Administración de Bush ha flexibilizado algo su actitud, quizás no tanto como desearían los europeos. Según un experto que trabajó para esta Administración, ahora "los neoconservadores han perdido casi toda la influencia que tenían".
Aunque Bush y su vicepresidente, Dick Cheney, usen menos el término de "guerra preventiva", algunos demócratas consideran que, pese a que esta doctrina del ataque anticipatorio estuviera mal concebida y "haya asustado al resto del mundo", como señalara el senador Joseph Biden, "el Estado tiene que poder defenderse ante una amenaza directa". Y, pese a las mentiras para la guerra de Irak, en el debate electoral en Estados Unidos pueden acabar pesando más las críticas a la gestión de la llamada posguerra que a la decisión misma de la invasión.
Lo que unos y otros plantean desde EE UU, y también piden los europeos, es pactar unas "nuevas reglas de juego". En el centro estaría la ONU. Pero, para EE UU, muy cambiada comenzando por la geometría del Consejo de Seguridad, que ya no resulta representativa del mundo actual. Da la impresión de que en Washington se piensa en una reforma para evitar una repetición de lo ocurrido antes de la invasión de Irak, aunque no está garantizada su aprobación. No significará una reconversión al multilateralismo pleno. EE UU sigue pensando en coaliciones ad hoc e impulsando regímenes internacionales especiales, en otros para evitar la multiplicación de armas de destrucción masiva en manos indeseables, como la Iniciativa de Seguridad contra la Proliferación en la que participa España. Es un multilateralismo disminuido, falseado, que se está acentuando al margen de los tratados internacionales. También está cambiando la percepción de China. La obsesión anti-China de Bush en su campaña de 2000 fue notoria. Pero algo queda no sólo en la Administración, sino también en el Congreso y en el mundo empresarial. Pues si siguen las actuales tendencias, en 10 años China será la tercera economía del mundo (tras EE UU y Japón); y en 20 la segunda, aunque incluso así será la mitad de la estadounidense.
¿Y Europa? Un demócrata nos miraría con un poco más de simpatía. Aunque la agenda global viene casi impuesta contra Europa. Europa se ha visto pillada en el remolino de la globalización y de sus efectos perversos. Como señala Moisés Naím, alguien tiene que pagar para compensar los desequilibrios globales, y si EE UU tiene que elegir entre que, a través de un dólar débil y unas monedas asiáticas que le siguen, lo pague China o lo pague Europa, se decantará por esta última. "Es nuestro dólar, pero es su problema", le dijo hace unos años a un europeo un antiguo secretario del Tesoro estadounidense. Y en esas estamos, con una ola proteccionista (pese al dólar bajo) en EE UU, gane Bush o su rival, que puede verse acompañada de otra en Europa.
Otra separación transatlántica se refiere a Oriente Próximo. Esta vez parece haberse percatado la Administración de Washington de que es una cuestión que debe abordarse rápidamente al inicio del próximo mandato presidencial y no al final. En cuanto a la Europa de la Defensa, EE UU mira ante todo no a las declaraciones ni a las instituciones -aunque el camino hacia la globalización de la OTAN parece casi imparable-, sino a las capacidades militares reales de los europeos. Puede ser que a EE UU le "preocupe más una Europa fuerte que una Europa débil". Pero no les importa tanto que Europa se debilite por medio, entre otras cosas, de un euro fuerte. La fortaleza de la moneda es hoy señal de debilidad. Europa debe espabilarse, pues nadie la ayudará. Estados Unidos lo hizo en otros tiempos; ya no.
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004