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COLUMNA

Estadística y miseria

Que las estadísticas no son de fiar es algo sabido a los cinco minutos de haber concluido la primera. Podrían dividirse entre las que se realizan de buena fe y las que encierran perversos propósitos. Cuando se hurga un poco, resultan falsas o equivocadas ambas. Suelen llevarse a cabo con la presunción y la esperanza de que nadie va a investigar los datos ni a levantar sospechas. Voy más allá: creo que gran parte de ellas están urdidas con tanta candidez como ignorancia aritmética. Revisando viejos recortes, encuentro un despacho que se reproduce con torva frecuencia; una reputada organización benéfica afirmaba que en el mundo fallecen, por causa del hambre y enfermedades y guerras, tres niños cada segundo de tiempo. Un horror que avalan los periódicos y subrayan los telediarios con el mayor detalle, al ofrecer la visión espantable de unas criaturas colgadas del seno escurrido de la madre y cubiertos de moscas. Parecía que a las únicas que cabe felicitar es a las moscas, que siempre aparecen lozanas, voraces y tercas, como siempre.

¡Tres niños cada segundo! Es decir, que apenas hemos parpadeado y tres apenas nacidos vuelven al limbo; o sea, 180 al minuto y 10.800 cada hora. Algo muy deprimente que me llevó a echar mano de una calculadora de bolsillo que complementa mi escaso trato con las matemáticas. Esa última cantidad nos lleva a la de 259.000 inocentes desaparecidos cada día, fúnebre operación que alcanza los 94.608.000 seres frustrados al año. La filantrópica institución llevaba 15 años en tan lacerante menester, lo que arroja una mareante cuenta de resultados: 1.419.120.000 de seres a los que ni siquiera les han salido los dientes de leche. "¡Demasié!", fue el despreocupado comentario de una sobrina que está todo el día pensando en otras cosas y en qué tendrá Julia Roberts que no tenga ella. Creo que son guarismos exagerados, expuestos con el ánimo de encogernos el ombligo y aliviarnos la cartera. Difícil de creer que en tres lustros se esfumen más niños que habitantes tiene la China, lo que no altera la magnitud del asunto.

Se trata de algo muy serio que nos enturbia el ánimo y la tranquilidad. Se debe, quizás, a que junto a la desgarradora imagen de unos bebés cabezudos y desnutridos, con enormes vientres y piernas de alambre, contemplamos a sus presuntos padres, rebosantes de vigor, empuñando fusiles Kaláshnikov y masacrando a los vecinos de tribu, de etnia o de matiz religioso. Son los papás de los inocentes, aunque la deducción nos lleve hasta los verdaderos culpables, que fabrican, trafican y entregan las armas exterminadoras, atizan las fáciles cóleras y promueven esos balances apocalípticos. No se pone remedio a muchas calamidades llevando vacunas y ventiladores, porque los ingenios mortíferos son los que cuya posesión o promesa encienden, agravan y enconan los conflictos de los que resultan víctimas visibles la infancia y los viejos, que siempre pagan el pato.

Las armas son necesarias para mantener el orden convencional, defender la paz de los ciudadanos y suscitar el temor entre los delincuentes, pero da la impresión de que las factorías generan grandes stocks a los que es necesario dar salida. Esas fábricas se encuentran en países notorios, beneficiados de los adelantos técnicos precisos. Es harto improbable que haya fabricantes clandestinos -que no se vieran protegidos y solapados- de ametralladoras, tanques, misiles o aviones de combate. Todo eso se realiza bajo licencias vigiladas y utilizando materiales controlados. Lo que se descuida dolosamente es el destino final.

España ha competido en este mercado con la calidad de sus pistolas y fusiles de asalto Cetme, de Eibar o de Trubia, como en anteriores edades con el temple de las espadas toledanas. Para la exportación es buen negocio y genera grandes beneficios entre los tramos que llevan hasta los guerrilleros mentecatos, los terroristas o los narcos. Si las cifras que hemos reproducido fuesen literalmente ciertas, eso debería desanimar a los traficantes, pues significan que en un corto futuro se van a quedar sin clientela. Los promotores de las campañas en pro de la supervivencia habrían de apretar más las clavijas en determinados sectores decisorios mejor que excitar la fácil conmiseración, que de bien poco sirve.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004