Apenas una decena de genes (el texto donde cada organismo lleva escritas las instrucciones para su funcionamiento) basta para crear cualquier virus, como el de la gripe. Pero en esta sencillez está su peligro.
Por no tener, los virus no tienen ni siquiera todas las instrucciones que necesitan para sobrevivir. De hecho, para completar su ciclo vital necesitan pedir prestadas enzimas o proteínas de los organismos que infectan.
Tampoco tienen mecanismos de corrección de los genes. Cuando uno de ellos cambia o se deteriora, el error se queda ahí. Si el resultado es beneficioso (porque le da más resistencia a cambios en el ambiente, por ejemplo), la mutación se queda: es pura evolución. Si no, la selección natural lo elimina.
Como los virus se reproducen muy deprisa, hacen muchas copias de sus genes. Y a mayor número de copias, más fácil resulta que haya errores. Esto es lo que ocurre con el virus de la gripe humana: cada año aparecen mutaciones, y por eso cada año hay que vacunarse otra vez.
Pero los virus tienen otra propiedad. Como son tan sencillos, todos se parecen. Ello les permite mezclarse con los de otras especies sin mucho problema. A veces la cercanía es tanta que intercambian genes. Así, un virus que en principio está diseñado para infectar un pollo, puede adquirir nuevos genes en los que vayan las instrucciones para infectar a humanos.
Esto es lo que teme la OMS que haya podido ocurrir en Vietnam. Si se confirma que las dos hermanas de la provincia de Thai Bin fueron contagiadas por su hermano, eso querría decir que el virus que las ha infectado ya no sería el H5N1 (el de la gripe que sufren los pollos y la transmiten a las personas). Sería un nuevo virus que mezclaría el de la gripe humana y la del pollo, una enfermedad nueva contra la que nuestro sistema inmu-nológico no ha desarrollado defensas.
Y un virus de la gripe sin nadie que se le oponga es muy peligroso. Es lo que sucedió en 1918, 1957 y 1968, cuando la combinación de virus de la gripe aviar y humana causó epidemias mundiales con millones de muertos. Si lo que teme la OMS llegara a ocurrir, sólo quedaría meterle prisa a los científicos para que descubran una vacuna.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004