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Crítica:CRÍTICAS

Largo camino a casa

Una película histórica y de guerra, El paciente inglés, colocó en el universo cinematográfico internacional al británico Anthony Minghella. Otra película igualmente histórica y no menos belicosa, Cold mo untain, le ha abierto las puertas del cine estadounidense; y como tantas veces antes, un extranjero es quien propone una mirada peculiar a un universo tan intrínsecamente americano como es el western centrado en la guerra de secesión, una familia de películas con tanta fortuna en el pasado -de Lo que el viento se llevó en adelante- como huérfana de títulos desde hace años. Tal vez no sea casual que otro extranjero, Ang Lee, sea el responsable del mejor filme reciente sobre el tema, Cabalgando con el diablo. Y tal vez no sea tampoco casualidad que lo que Lee mostraba, la brutalidad de los soldados dados a su oficio, se repita aquí casi en los mismos términos.

COLD MOUNTAIN

Dirección: Anthony Minghella. Intérpretes: Nicole Kidman, Jude Law, Renée Zellweger, Brendan Gleeson, Donald Sutherland, Philip Seymour Hoffman, Natalie Portman. Género: drama histórico. EE UU, 2003. Duración: 155 minutos.

El tema central de Cold mountain es una relación tan intensamente romántica como abortada por los avatares de la historia, la que más que vivir, intuyen posible Kidman y Law. Pero ese centro está rodeado por otras peripecias: el alto coste que se paga en la retaguardia por los desastres de la guerra; el cerco amoroso que vive Kidman, nueva Penélope de la Odisea, por parte de un desaprensivo sudista que mantiene el orden a fuerza de terror en la montaña llamada Cold; la amistad entre la chica y la desarrapada, lenguaraz pero decididamente fuerte y emprendedora Renée Zellweger.

Pero lo que constituye la mayor originalidad de la trama no es otra que la que propone que el Ulises de Penélope, el bueno de Law, no sea ya un héroe, que no lo es aunque se comporte en ocasiones con arrojo y valor, sino incluso... un desertor, un rasgo de comprensión pacifista de Minghella en un momento en el que en el cine americano, tanta retórica y tanto patriotismo se están repartiendo a propósito de otras guerras. La fuga del joven desde el frente, el largo viaje de vuelta a casa, tan lleno de peligros como de nuevas experiencias, constituye el eje central que recorre toda la trama y que le da ese aire inesperadamente pacifista y nada marcial que ostenta la película.

El otro punto de interés es el que muestra la cotidianidad de la que espera, su áspera vida en la retaguardia, las privaciones, el hambre, la brutalidad y el sadismo de los hombres de la guardia que, en teoría, mantienen el orden. Es ésta una ortodoxa trama de aprendizaje, un duro ritual de paso, el que realiza Kidman (y por extensión, toda la retaguardia sudista: cualquier retaguardia en cualquier guerra, a decir verdad) desde la inocencia de su condición de virginal hija de clérigo y niña de ciudad hasta la superación de la adversidad y la asunción de su edad adulta.

En este ritual, oficia de sacerdotisa el personaje de Zellweger, más que amiga, maestra en adversidades: ella es de pueblo, es directa y franca; sabe salir adelante, aunque también, como todos, tenga que pagar un precio por la supervivencia.

Estas dos tramas, la guerra y la retaguardia, el camino de regreso y los peligros que se agazapan en casa, construyen un filme que, por lo demás, se toma un tiempo excesivo para llegar a donde pretende: más de dos horas y media se antojan demasiadas para contar una historia que contiene otras muchas. Cruce un tanto ortopédico entre filme de gran espectáculo (lo es cuando muestra la guerra, los combates, los destrozos) y peripecia intimista y amorosa, la conjunción de estas dos lógicas no logra siempre funcionar convincentemente en la pantalla.

Contribuye a ello la propia frialdad de la relación entre los dos protagonistas (no parece que, a pesar de que llega a desertar por estar junto a ella, Law esté arrebatadamente enamorado de Kidman), así como el aire un poco oportunista de la conclusión. No obstante, cuesta no estar de acuerdo con la tesis que, al fin, el filme defiende: que mientras los hombres se matan en la guerra, son las mujeres las que construyen, aprenden, viven.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de febrero de 2004