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CUENTOS DE CAMPAÑA III

Marianín blindado

La gripe y otros agentes patógenos incontrolados solían aparecer allá por los meses de febrero-marzo. Temerosos de que Marianín pudiera ser alcanzado por alguno de ellos, los curas decidieron aquel año aislarlo por completo. A tal fin, desinfectaron una sala de la enfermería con poderosos productos abrasivos, encalaron las paredes, precintaron unas ventanucas muy altas que había, taponaron los agujeros de los enchufes. Y por si fuera poco, lo asperjaron todo con el hisopo de plata de las grandes ocasiones, entre soberbios latinajos y cánticos de la escolanía de los alumnos pobres. Para impedir todo contacto con el exterior, quedó a la puerta una guardia rotativa, compuesta por los alumnos más fuertotes, aparte de otro retén especial, dedicado a rezar el rosario ininterrumpidamente. Arrodillados en sendos reclinatorios, allí podía verse a Arenín Primeras Piedras, Cristóbal Moroso, Rodrigón Quécareta, y otros cuantos.

Al tiempo que esto sucedía, corría el rumor de que las finanzas de la orden podían hacer crac en cualquier momento. Por ello había que estimular, como fuera, a los fieles del barrio y a los padres de los alumnos a que siguieran depositando en los cepillos de la iglesia su óvolo de siempre confiado, y a ser posible aumentado. La ocasión se pintó sola: convertir el aislamiento de Marianín en retiro espiritual y en sorprendente causa milagrosa. Como quedara a salvo de todo virus contagioso, se hizo creer que la misma gracia del Cielo empezaba a valerse del tierno infante para emitir, cual si de un nuevo Domingo Sabio se tratara, poderosos mensajes de salvación. De este modo, el forzado eremita lanzaría, bajo los efectos de un misterioso trance, algo así como un parte diario celestial. El primero fue de una contundencia atroz: "La Patria está en peligro. Oremos". Varios miles de papelitos con tan inquietante misiva fueron repartidos por el entorno. Y en días sucesivos otros de similar cariz: "Guerra santa al moro malo". "Salvad a Berbería de su indolencia y a Cataluña de su imprudencia". "No paguéis a los andalusíes deudas pendientes, que se lo gastan en vino y francachelas. Oremos".

En poco tiempo, creció tanto la fama del santito, que hubo que anunciar que, por fin, se asomaría a uno de aquellos ventanucos, para que los fieles venidos de todas partes pudieran admirar su beatífica mirada. Y ya estaba el patio del colegio de bote en bote, con algunos amagos de procesión, rumor de plegarias y aromas de incienso, cuando sonaron unas campanas anunciadoras. Silencio expectante. Tras los cristales, en efecto, subido a unas improvisadas andas, empezó a emerger Marianín, nimbado de un fulgor extraño, como a base de pilas alcalinas. Mas en ese mismo momento, la caterva de los andalusíes desplegó en la retaguardia del patio una pancarta en la que podía leerse esta infame solicitud: "¡Mariano, ahora con las dos manos!". A lo que el santito correspondió con un corte de mangas, pero tan melifluo, que acabó siendo interpretado por la plebe, rodilla en tierra y santiguándose, como un primer conato de bendición.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2004