Parece que dibuje con un rotulador gastado, y es el desgaste de la gente lo que de verdad está poniendo sobre su lámina. En El Roto, los personajes son narigudos, de nariz de Pinochos a la inversa, a los que se les escapa de repente una verdad, una frase que en ocasiones les deja a ellos mismos turulatos, pero que muchas otras la soportan impávidos. Hablan como en silencio porque sus palabras no se leen con el sentido de un diálogo (El Roto prescinde de bocadillos), sino como renglones de un libro de aforismos. Sus muñequitos son personas que han formado una ciudadanía propia fuera del tintero. Archicapitalistas con cochazo, médicos en un consultorio público, científicos con microscopio, mujeres que van a la compra tirando del carro, humildes matrimonios de jubilados acomodados delante del televisor ("qué ganas tengo de que se acabe el fútbol para que pongan los terremotos"), maestras de escuela ("A-be-ce-de" "¡No! ¡O-be-de-ce!"), ladrones de palanqueta y ladrones de pajarita, obreros con casco, obreros con fiambrera... Casi siempre es gente triste, pero que aún defiende una filosofía de la vida. Y por tanto, una filosofía de la resistencia.
En el interior de El Roto dibujante habita Andrés Rábago, que también ha firmado Ubú, Jonás y OPS
Desde el pasado 17 de febrero hasta el 12 de marzo, se exponen alrededor de 40 originales de El Roto en la Fundación Círculo de Lectores, en la calle de Princesa, 52. Dos libros acompañaban a esta exposición: El libro de los desórdenes (Círculo de Lectores, 2003) y El pabellón del azogue (Mondadori, 2003). El primero recoge parte de su obra publicada en EL PAÍS. Lo integran 160 dibujos seleccionados por Felipe Hernández Cava, guionista de tebeos (es magnífica su historia El artefacto perverso) y cofundador de El Cubri. El segundo volumen reúne unos 80 dibujos, la mayoría de los cuales ha aparecido en el dominical de El Periódico de Catalunya, también con edición de Cava.
Lo que más gusta de ver sus originales cara a cara, expuestos antes de que pasen por la imprenta, es descubrir las rectificaciones del autor sobre el papel; contemplar esas manchas blancas, como de acrílico, o de témpera, o puede que de Tipex. Constatar que tampoco El Roto es infalible, que también se equivoca. Y entonces la admiración hacia su arte crece, y acaso también un poco la autoestima.
El Roto tiene nombre de personaje quijotesco. Es el Roto de la Mala Figura, que se encuentra don Quijote durante su aventura de Sierra Morena. El que andaba a puñadas y a palos con los pastores y que saluda al caballero manchego "con voz desentonada y bronca, pero con mucha cortesía". Desentonado y bronco, así es el trazo de El Roto. Y cortés. Y culto. Dentro del Roto de Cervantes vivía un Cardenio desgarrado de amor por su Luscinda, vestido con harapos, un vagabundo que había renunciado a su identidad, como en el interior de El Roto dibujante habita el pintor Andrés Rábago (Madrid, 1947), que también ha firmado Ubú, y Jonás, y OPS; con esta última identidad hizo portadas para La Codorniz y para Hermano Lobo (en la del primer número, 13 de mayo de 1972, aparece un torero con una bandera de Estados Unidos como capa). El Roto viene de la tradición satírica y por eso se muestra incómodo cuando le llaman humorista. En la sátira el humor es un medio, no un fin. Ha bebido la tinta de William Hogarth, el pintor y grabador del siglo XVIII, que fustigó con sus "piezas morales" a la sociedad británica. Hogarth realizó grabados para el Quijote y en ellos retrató al torturado Roto, pero sin la barba con que le describía Cervantes. Hogarth es, a su vez, contemporáneo de un gran satírico irlandés, Jonathan Swift, y El Roto, bueno, OPS, en 1972 va a ilustrar quizá el libro más ácido de ese autor, Una modesta proposición (La Fontana Literaria). Pero en El Roto está, además, la presencia de Honoré Daumier, que creó su propia Comedia Humana con caricaturas, y de Georg Groz, que ridiculizó a la burguesía berlinesa de entreguerras, y del Goya negro, y de José Gutiérrez Solana con su España negra del entierro de la sardina, y de Roland Topor, que vivió entre la muerte y el diablo, y mucho, mucho, la de Chumy Chúmez, con quien preparó en 1973 la primera antología del cómic underground norteamericano que se editó en España, o una de las primeras. Asimismo, existe un Roto posmoderno, o un Roto de la posmodernidad, que en la década de los ochenta peleó codo con codo junto a Felipe Hernández Cava, y LPO, y Ana Juan, y Javier de Juan, y Micharmut, y Calatayud, y otros muchos dibujantes, para renovar el tebeo desde la revista Madriz.
A menudo, las figuras de El Roto son personas a las que, como en las canciones de Los Secretos, aún les queda una última partida por jugar ("cuando alguien me habla de posibles enemigos..., sé que el enemigo es él", dice uno de sus personajes). Y aguardan la hora de su jugada en el mismo descampado en que Vladimir y Estragón siguen esperando a Godot. El Roto ha intuido un bucle en el que hay azogue a ambos lados del espejo. Al leerle, da la sensación de que el universo que describe no es el que vivimos, sino un mundo simétrico que tendrá lugar después de un holocausto, y donde todas las cosas volverán a ocurrir de la misma manera en que las hemos conocido, pero esta vez en precario blanco y negro. En blanco nuclear.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2004