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Tribuna:

ICV, descaradamente a la izquierda

Iniciativa per Catalunya fue un invento del imaginativo Rafael Ribó para acabar en 1986 con la agonía del histórico PSUC, partido entre eurocomunistas y prosoviéticos y sin apenas espacio electoral tras la victoria del cambio socialista en 1982. A diferencia de la refundación de algunos partidos similares, obligada por la caída del muro de Berlín en 1989, IC, nacida antes que ella, no fue neocomunista pese al predominio al principio de antiguos psuqueros, sino una síntesis de varias tradiciones (las del PSUC y Nacionalistes d'Esquerra) y nuevos movimientos sociales (ecologismo, pacifismo y feminismo) con voluntad de integrar colectivos radicales, alejados de la izquierda clásica. En cierto sentido, IC retomó la antigua vocación ecléctica y frentista del FOC (que Maragall no ha perdido) y el espíritu unitario del PSUC, tan demostrado en la experiencia antifranquista de la Assemblea de Catalunya. Por otro lado, ICV resulta ser una formación muy distinta del PSUC y del PCE si la comparamos con su aparente homóloga española, Izquierda Unida, ya que ambas, aunque compartan coyunturalmente grupo parlamentario, son independientes entre sí; su organización difiere (ICV es más flexible, pluralista y alejada del "centralismo democrático") y sus estrategias han chocado en cuestiones como el Tratado de Maastricht, la autonomía sindical o la pinza Anguita-Aznar contra el PSOE, hasta el punto de romper sus relaciones en 1998 y constituirse en Cataluña una Esquerra Unida i Alternativa (EUiA) como rival directa de ICV. Ésta, por su parte, tras haber pactado en todas las elecciones de 1995 y 1996 con Els Verds-Confederació Ecologista de Catalunya, adoptó el nombre que ahora lleva y así concurrió a las europeas de 1999. El fracaso de su coalición parcial con el PSC-CpC en las penúltimas autonómicas y la división del voto con EUiA forzaron en las municipales de 2003 la unidad electoral de ambas, que ahora vuelven a practicar en las del 14-M, coincidiendo con una mayor aproximación a la IU de Gaspar Llamazares.

Las candidaturas de ICV son las más entusiastas en su radicalidad, son claras y ofrecen soluciones justas, lógicas y posibles si hubiera voluntad de aplicarlas

Las aspiraciones de ICV son, hoy por hoy, modestas. Confía en pasar, como mínimo, del solitario escaño que ocupó con gran dignidad su presidente Joan Saura a dos o quizá tres. Su fe se apoya en la recuperación conseguida en las elecciones del año pasado. En las municipales, se pasó del 7,8% de los votos al 10,4%, y en las autonómicas, del 2,5% al 7,3%. Entre las legislativas de 1986 y las de 2000, su número de escaños trazó una parábola casi rasante de 1-3-3-2-1. Es previsible que retorne a su punto más alto si prosigue y se amplía la fidelidad obtenida de un electorado mayoritariamente joven y de colectivos radicales que ven en ICV la formación más cercana a sus ideales de democracia participativa, rechazo a la guerra, ecologismo y justicia social. Las movilizaciones del último año y la clara conciencia de que es vital para todos la derrota del PP coinciden con el programa de ICV de ilusionar y movilizar el voto popular, sobre todo juvenil, de forma que la mayoría social se descare y vote masivamente, haciendo de Cataluña la avanzadilla de la España democrática y de izquierdas. Las candidaturas de ICV son, sin duda, las más entusiastas en su sensata radicalidad: dicen las cosas claras, denuncian los problemas más graves que el PP ha causado en la población y en el sistema democrático y ofrecen unas soluciones que asombran por lo muy justas, lógicas y posibles que son si hubiera voluntad de aplicarlas. ¿Quién, honestamente, no las compartiría? Y, sin embargo, ¿cómo se explica una expectativa de voto tan modesta si no es por la desmovilización de las conciencias que el imperio mediático y el materialismo ambiental de las derechas hegemónicas han impuesto a los ciudadanos?

El catalizador de ese entusiasmo que ofrece y pide ICV es un joven de 32 años, que va a trabajar en bicicleta, al que le gusta la música de Chico César y que hace buenos arroces a lo pescador. Joan Herrera tiene algo de Woody Allen y de tierno profesor naturalista como el Fernán-Gómez de La lengua de las mariposas. Se ha especializado en derecho urbanístico y medio ambiente tras su inquietud estudiantil, su lucha por el 0,7 y sus campañas pacifistas y ecologistas. Ha representado a ICV en el Foro de Porto Alegre y en los sucesivos encuentros de este movimiento anticapitalista mundial. Herrera no tiene madera de político profesional, pero no es un "profeta desarmado", mero testimonio moral de la utopía. ¿Qué hará un idealista como él en un Congreso de los Diputados como el que le espera? De momento, impedir que el señor Rajoy sea el continuador de Aznar en el Gobierno español. Después, transmitirle al socialista Zapatero el descaro que, según Herrera, aún le falta para ejercer el poder con todas las izquierdas en pro de la renovación democrática, los sectores sociales peor tratados y un federalismo plural que integre las nacionalidades hispanas sin mengua de su personalidad y capacidad de autogobierno: algo así como el tripartito catalán en La Moncloa. Y, si no, apuesta por una mayoría parlamentaria que apoye de forma estable un Gobierno socialista bien relacionado con Cataluña y Euskadi. Si tanta aspiración se cumpliese, ICV podría felicitarse de ser emblema de una urgente renovación de la izquierda, promovida por el espíritu de Porto Alegre, y el primer partido que emprende la difícil tarea de insertar parte de la utopía en la práctica política oficial de una democracia que, por prometeica, ve corroído su hígado constantemente por el capitalismo. Es probable que ICV no alcance más de tres escaños el 14-M, pero su programa y su descarado entusiasmo de izquierdas anticipan lo que un día acabará siendo el futuro de un mundo que hoy todavía sufre con dolores de parto el nacimiento de un hombre nuevo y una tierra nueva.

J. A. González Casanova es profesor de Derecho Constitucional de la UB.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2004