A diferencia de los pronósticos dominantes hace algunos meses, la renovación el 14-M de la mayoría absoluta del PP ya no se da tan fácilmente por descontada, a menos -claro está- que la torpeza narcisista de Carod y los crímenes sangrientos de ETA acudan de nuevo concertadamente en su ayuda de aquí a la apertura de las urnas. Las peculiadades del sistema electoral español (la aplicación de la regla d'Hondt para el reparto de los restos entre las candidaturas y las restricciones impuestas a la proporcionalidad en las circunscripciones menos pobladas) dificultan la tarea de transformar por anticipado en actas de diputados la intención de voto de los sondeos; para mayor complicación, en esta convocatoria la redistribución de escaños entre ocho provincias a causa de los cambios demográficos pueden hacerle perder al PP un diputado en Sevilla, Asturias, Cáceres y Pontevedra. Y ni siquiera las horquillas de máximos y mínimos utilizadas para reducir los márgenes de incertidumbre sitúan su borde inferior por encima de los 175 escaños que dividen en dos el hemiciclo.
Durante estas semanas no se habían producido, sin embargo, acontecimientos lesivos para las expectativas electorales de Rajoy. Antes por el contrario, los dos ejes de la campaña de propaganda del PP se vieron reforzados: de un lado, las proyecciones de crecimiento sostenido de la economía española -el principal logro de Aznar durante sus dos mandatos- parecen consolidarse; de otro, la entrevista celebrada por el conseller en cap del Gobierno tripartito catalán y secretario general de ERC con representantes de ETA a espaldas del presidente socialista de la Generalitat dio versosimilitud a los desfavorables horóscopos del PP sobre la política de alianzas del PSOE.
La incorporación a las urnas de dos millones de nuevos votantes tal vez contribuya a una menor permeabilidad del electorado del 14-M ante la propaganda gubernamental: la bulimia del poder del Ejecutivo de Aznar estudiada por Joaquín Almunia (Los puntos negros del PP, Aguilar, 2004) resultará hiriente sin duda para quienes no compartan con los líderes populares su interesada visión corporativista de la política como un oficio cuya patrimonialización indefinida constituye una prioridad absoluta. La implacabilidad de los partidos para aprovechar cualquier oportunidad de sacar el máximo rendimiento electoral de las equivocaciones y de las pifias de sus adversarios puede ser tal vez vista con simpatía por los aficionados a las peleas de gallos pero no dejará de suscitar incomodidad moral en otro tipo de espectadores. Así ocurrió el pasado domingo con el comentario a bote pronto del ministro del Interior al informar sobre la interceptación por la Guardia Civil de una furgoneta de ETA cargada con media tonelada de explosivos camino de la capital de España; la sarcástica felicitación de Ángel Acebes a Carod porque el eventual atentado terrorista en cualquier caso habría tenido como escenario Madrid y no Cataluña será una eficaz jugarreta electoral, pero también una indignidad política.
Esa victoria de las pulsiones agresivas sobre los escrúpulos morales explica que los endurecidos profesionales del poder machaquen a sus competidores en la carrera hacia las urnas cuando sus errores o su estupidez les conviertan en víctimas patéticas -como Carod- del timo de la estampita. Más grave resulta que esos correosos políticos empleen idéntica dureza para negar las evidencias y para mentir con aplomo cuando sus propias trapacerías quedan al descubierto. La campaña de Rajoy no está siendo sólo perjudicada por la incontinencia de apetitos que la bulimia del poder ha desatado sobre sus adversarios; el mecanismo de ocultamiento puesto en marcha por el PP para borrar las huellas del conflicto de Irak revela también una paralela anorexia moral de su candidato, incapaz de responder hoy ante la opinión pública de las descaradas falsedades sobre las armas de destrucción masiva y el terrorismo internacional mantenidas hace un año ante el Parlamento. Porque la razón de la negativa de Rajoy a debatir cara a cara con Zapatero no es otra que su temor a ver derribado por los hechos el castillo de mentiras sobre la guerra construido por el Gobierno del que fue vicepresidente primero.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2004