Eduardo Serrano, El Güito, recapitula sus recuerdos escénicos y los dedica a su primera, y más importante, maestra, Pilar López. Echa mano a los estilos que le he visto bailar casi siempre, la farruca, la soleá, algo la siguiriya -acompañado por una bailaora, María Vivó, en esta ocasión-, algo las bulerías.
En cierto modo, es como si El Güito hubiese parado el tiempo en los 40 años que lleva de carrera, lo que puede tener dos lecturas. Una, la primera, su fidelidad a la ortodoxia, a las formas que él incorporó a su baile desde los comienzos, y que nunca ha abandonado. El Güito vio muy claro entonces que debía adoptar un estilo personal sobrio, estilizado, y a él se atuvo y con él pudo imponer, por ejemplo, un baile por soleá que ha acreditado como modelo y paradigma.
Mis recuerdos
El Güito y su Compañía Flamenca, con María Vivó, bailaoras y bailaores, cantaores, guitarristas. Teatro Villamarta. Jerez de la Frontera, 8 de marzo.
La segunda lectura nos puede hacer pensar en un cierto inmovilismo, pues quienes hemos visto mucho al bailaor tenemos con frecuencia la impresión de que siempre le vemos la misma farruca, la misma soleá, el mismo espectáculo.
De Mis recuerdos, al margen de las interpretaciones personales de El Güito, no hay mucho más que decir. Es convencional, y en los temas colectivos de bailaoras y bailaores -martinetes, tarantos, alegrías, bulerías por soleá- todo nos pareció un tanto pobre y poco ensayado, hasta el punto de que una de ellas salió cuando no debía y hubo de meterse precipitadamente al darse cuenta de su error. Son cosas que pasan, pero que no deberían pasar en un teatro del prestigio del Villamarta y en un ciclo como el Festival de Jerez.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de marzo de 2004