Acabo de volver del colegio electoral con la sensación de haber vivido una experiencia de plenitud. En la pequeña sala donde votábamos se palpaban varias emociones: tristeza por los que ya nunca podrán votar, alegría por poder expresar nuestras ideas a través de las elecciones, rabia por la pervivencia de comportamientos atávicos (fanatismo), vergüenza por la actuación desvergonzada de algunos políticos y empatía con todos aquellos que, en silencio y con entereza, sentían lo mismo que nosotros.
Y todas estas emociones no resultaban ni confusas ni disonantes. Estaban moduladas por la conciencia de cumplir con un deber moral, estético y social. Un deber humano.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de marzo de 2004