Esos trenes que ahora vemos abiertos en canal fueron un día mi casa. En ellos he visto mil veces amanecer, he leído los más maravillosos libros, y hasta he soñado. En ellos he compartido las mejores risas y complicidades, y he tenido las más emotivas conversaciones con amigos de la infancia. En ellos me he enamorado, me han cogido de la mano en las frías mañanas de invierno, y alguna vez he besado unos labios mientras la megafonía anunciaba: "próxima estación, Santa Eugenia".
El tren era un lugar precioso para pararse a pensar en medio del frenesí de la gran ciudad, para organizar la siempre complicada vida de uno, para confundirse y desenredarse, para reflexionar antes de tomar las decisiones que te marcarán la vida. Mis ambiciones, mis compromisos... nacieron en esos trenes, entre Torrejón y San Fernando, llegando a Atocha, o saliendo de la estación de Vallecas.
Durante un tiempo se pusieron de moda las protestas de los viajeros por la música repetitiva y con sonido metálico con la que nos bombardeaban cada mañana. Pero a mí, lo reconozco, me gustaba oír esa horrorosa versión instrumental de Yesterday que sonaba mientras bordeábamos los tristes descampados de Vicálvaro. A menudo, con la ayuda de esas melodías, jugaba a imaginarme las vidas de quienes me acompañaban en el vagón, a adivinar qué escondían sus maltratadas bolsas de deporte, o qué historia de amor había detrás de esos ojos absortos de la chica de enfrente. Con ellos compartía el tren, mi casa -y tenía la obligación de inventarles una historia.
Ahora sé que doscientas de esas vidas que me gustaba rellenar con mi imaginación se han ido para siempre, y que sus historias no tienen un final feliz. A partir de ahora, cuando me suba a uno de esos trenes, no podré disfrutar como antes de los buenos libros, de una buena cabezada, o de la compañía de unas manos cálidas. Porque, cuando suene Yesterday al pasar por la estación del Pozo, se me creará un nudo en la garganta como el que me acompaña desde hace dos días, y lloraré al recordar la suerte de mis compañeros de viaje de toda una vida. - José Fernández Albertos. Somerville (Estados Unidos).
La mayoría de los madrileños, cuando escuchamos o decimos estas palabras lo hacemos considerándolas un piropo, sintiéndonos orgullosos de nuestra ciudad. Jamás podíamos pensar que un día maldito se iba a perpetrar esta frase de forma literal, en doscientas personas inocentes.
A pesar de todo, la que debemos conservar es la primera acepción de la frase "de Madrid al cielo", en cuanto a ciudad abierta y acogedora, que es además la que se merecen sus ciudadanos, aquellos que han demostrado su generosidad, cariño y entrega solidaria en los momentos en los que más se necesitan estos valores. Ciudadanos de numerosos países y culturas hoy son madrileños, enriqueciendo más, si cabe, nuestra maravillosa ciudad. Éste es el Madrid noble que queremos. Que no cambie.- Lola Aznar. Getafe.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de marzo de 2004