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Reportaje:25 AÑOS DE AYUNTAMIENTOS DEMOCRÁTICOS

Construir la ciudadanía desde abajo

Fueron días de una alegría tan grande que ocultó otros rasgos de una época que también fue confusa y tensa. El 3 de abril de 1979, los resultados de las elecciones municipales llevaban a los ayuntamientos valencianos a unos políticos inexpertos y llenos de ilusión en lo que fue, probablemente, la recuperación más directa y palpable de la democracia.

"Habíamos pasado 40 años de dictadura y la gente estaba hambrienta por la política, deseando participar. No había aparecido todavía esa cierta desconfianza hacia la clase política que existe hoy, y los ciudadanos acudían a cualquier acto de campaña. Venían a escuchar propuestas claro, pero también a ver cómo éramos, qué caras teníamos los políticos", afirma Albert Taberner, que aquel día pasó a ser alcalde de Alaquàs por el Partido Comunista.

"Tras 40 años de dictadura la gente tenía hambre por la política, y ganas de participar"

Signo de los tiempos, el alcalde de Paiporta llevó pistola a diario desde 1979 a 1983

Uno de los aspectos claves de los comicios, según Ciprià Ciscar, fue el paso de "vecino a ciudadano, que tenía derecho a participar". En los comienzos, comenta el entonces alcalde socialista de Picanya, los habitantes debatían con los responsables municipales las propuestas "en locales, en cines, o en el propio Ayuntamiento". "Fue una época muy importante porque además permitía iniciar el proceso autonómico. La Constitución decía que para arrancar debían pedirlo la mayoría de los ayuntamientos. Una semana después de tomar posesión, el 25 de abril, Picanya fue el primer Ayuntamiento valenciano que lo solicitó".

Los flamantes alcaldes, muchos de ellos jóvenes, asumían el reto sin tener modelos democráticos cercanos. Para hallarlos tenían que remontarse varias décadas o mirar al extranjero. "Es cierto que no teníamos experiencia. Sobre todo porque no nos lo habían permitido. Pero a cambio había mucha imaginación, ganas de cambiarlo todo".

Un mes antes, el 1 de marzo, las primeras elecciones generales tras la aprobación de la Constitución habían dado el triunfo a la UCD. El gran ganador de estos comicios locales sería el PSOE. En muchos casos, sin embargo, necesitaba de otros partidos para gobernar. Quizá por ello, José Luis Lassaleta, alcalde de Alicante acudió a la sede comunista para celebrar lo que llamó "triunfo de todas las izquierdas". En el primer discurso, y en muchos otros después, Lassaleta, ya fallecido, había de insistir en que el Ayuntamiento era desde entonces "la casa de todos, y los ciudadanos sus legítimos propietarios". Cumplió su promesa. El Consistorio pasó de provocar recelo a ser visitado constantemente por los ciudadanos, que paseaban por él como si en efecto fuera su casa.

Hablar de "todas las izquierdas" no era sólo un ejercicio retórico. El propio PSOE se había unificado un año antes, y todavía estaba presente la procedencia de cada cual. Antonio Tirado, alcalde de Castellón, provenía por ejemplo del Partido Socialista Popular, como Enrique Tierno Galván, elegido alcalde en Madrid. Tirado había vencido contra pronóstico al candidato de la UCD, alto directivo de la refinería de Castellón. Una empresa que allí, en aquella época, se parecía a Dios.

No fueron, sin embargo, tiempos idílicos. La resistencia de algunos sectores al desmantelamiento del régimen desembocó en una violencia sólo comparable a la de grupos de extrema izquierda, de los que ETA militar era su máximo exponente.

El 24 de enero de 1977 pistoleros de ultraderecha asesinaban a cuatro abogados laboralistas y a un conserje en el número 55 de la madrileña calle de Atocha. La violencia, con menor intensidad, alcanzó las calles de las ciudades y pueblos valencianos: Un equipo de artificieros desactivaba la madrugada del 27 de abril de 1979 dos bombas colocadas en los domicilios de José Luis Albiñana, presidente del Consejo del País Valenciano (embrión preautonómico de la Generalitat) y de Fernando Martínez Castellano, alcalde de la capital. En verano de ese mismo año, la gira en favor del Estatuto de Autonomía de Albiñana fue boicoteada por grupos de agitadores que seguían al presidente por cada municipio; y el Nou d'Octubre, la tradicional procesión cívica con la senyera degeneró en graves incidentes y agresiones físicas a las autoridades.

Las causas de la violencia giraban fundamentalmente en torno al nombre que debía recibir el territorio, a cuáles serían sus símbolos y a la naturaleza de la lengua de los valencianos. 25 años después, alguna de estas cuestiones continúa alimentando polémicas cainitas. En este convulso paisaje hay que enmarcar la decisión del alcalde socialista de Paiporta, Bertomeu Bas: "Era una época muy complicada. Al poco de tomar posesión me saqué la licencia y me agencié una pistola. Durante toda la legislatura, del 79 al 83, la llevé conmigo cada día. Nunca pegué un tiro, pero me sentía más tranquilo con ella".

El momento más crítico de aquella primavera municipal llegó el 23 de febrero de 1981. El día del fallido golpe de estado, las informaciones apuntaban a que militares o grupos de extrema derecha intentarían ocupar los consistorios. Muchos alcaldes decidieron seguir los acontecimientos desde sus despachos. Y en una tarde noche de muchos nervios, en la que fue normal la quema de documentos, hubo quien "por valentía o inconsciencia" optó por seguir con la rutina. Fue el caso del alcalde del PSPV-PSOE de Moncada, Leonardo Margareto, que pasó el rato inaugurando una exposición en su pueblo.

Hubo formas de presión más pintorescas que la violencia física. Albert Taberner recuerda que el Papa había advertido a los católicos en contra de los comunistas. Por Alaquàs se extendió un rumor, aparentemente nacido en la sacristía, según el cual aquellos que votaran al PC serían excomulgados. "El párroco debía estar mal aconsejado, porque poco después cambió de actitud".

Eran otros tiempos. Sólo así se explica que la mujer del socialista Manuel Casesnoves estuviese deseando que su marido perdiera las elecciones a la alcaldía de Xàtiva. Casesnoves había pasado casi un año en las cárceles de Valencia y Jaén, y su esposa "quizá temiera que aquello tuviera consecuencias". "El caso es que ella estuvo en la mesa electoral en la que yo votaba. Una zona rica y conservadora de la ciudad. Cuando empezó el recuento, y vio que perdía, estaba feliz".

Pero Casesnoves ganó. Y tras ocupar el cargo tuvo que hacer frente a pequeños sabotajes. "Fuimos los primeros y estábamos metidos en ayuntamientos franquistas, con funcionarios franquistas. Nos hacían la vida imposible a base de escondernos papeles y documentos". También tenían problemas de financiación: "El Gobierno central, que era de la UCD, no era digamos muy receptivo a nuestras demandas, y al principio los bancos no nos daban ni una perra".

El alcalde de Paiporta, uno de los pocos de aquella hornada que continúa en el cargo, recuerda lo difícil que fue abordar las transformaciones necesarias con poco dinero. "En Paiporta había calles sin asfaltar y sin aceras, y a muchas otras no llegaba la electricidad. Era como una aldea".

Albert Taberner opina que en aquellos cuatro años se asentó "la auténtica base de la democracia". "Se hizo construyendo polideportivos, con trabajos sociales como las bolsas de trabajo para los parados. Con una magnífica gestión tanto de la izquierda como de la derecha. La democracia se afianzó así, resolviendo los problemas cotidianos que tenían los ciudadanos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004