Convendremos en que no resulta fácil escribir y menos en el curvilíneo perfil de la Comunidad Valenciana. Si lo haces con enjundia se irritan los muchos que prefieren que no se diga nada y si te permites lidiar con pretensiones literarias, hay quien te recuerda que no comprende.
Últimamente, en un pequeño pueblo de la Marina Alta, Xàbia, pervive un terrible proyecto para acabar de destruir y limitar sus posibilidades como enclave privilegiado del Mediterráneo. Quieren ampliar los amarres para embarcaciones deportivas. Para conseguirlo pretenden reventar la concepción original del puerto para llenar las aguas de su bahía de polución y muerte. Desolación para un porvenir incierto en sus mermadas facultades turísticas. Nadie se explica cómo medran y se desmelenan por defender dónde almacenar más barcos, cuando nadie sabe qué van a hacer con sus automóviles los aguerridos marineros que los han de pilotar. Todos sabemos que a un incremento de navíos de recreo, corresponden matemáticamente muchos más vehículos rodados. Será porque es fácil aparcar un coche en las inmediaciones del recinto portuario, que están empeñados en agrandar. No importa que se degrade el paisaje, que los técnicos en luminotecnia hayan congestionado lonjas, muelles y escolleras, con una selva de farolas -de todo tipo y tamaño- que cuando se encienden, en noche cerrada, parece que el día se haya apoderado de ediles y contramaestres para que el diablo se haga presente en tan infernal espectáculo. Y al precio de un desmedido exceso de luminarias y vatios pagamos el deslumbramiento de los ciudadanos, que bien preferirían ir a tientas, pero en paz y sin sobresaltos.
A la congestión urbanística se unen el déficit de servicios, los problemas que plantea la estacionalidad, la carencia de accesos y viales o la insufrible contaminación acústica. El mar, hasta ahora, resultaba más inaccesible a la acción depredadora, pero no hay límites para la ambición, cuando se actúa sin conciencia y a corto plazo.
Si quieren hacer un puerto más grande y albergar más barcos, que lo hagan en su casa y no en la bahía de todos donde, para bien o para mal, no hay respuesta adecuada para sus saturaciones. Resulta que cuando en las ciudades de un cierto nivel, la lucha de los munícipes incide en convertir más calles en peatonales y por ejemplo, en Londres se cobra seis euros por circular en coche por su centro histórico, aquí estamos por reventar las escolleras, para amarrar más embarcaciones cuando, con las que hay ya no nos aclaramos. Sería interesante que se dijera la verdad. Detrás de cada amarre portuario va atadita a su dogal una vivienda de lujo. Porque hay muchos candidatos a propietario de inmueble que no quiere casa si no tienen donde dejar el barco. En Xàbia ya se han cometido demasiados atropellos turísticos, urbanísticos y contra el sentido común. Más allá de lo aceptable. Y no sabemos cuánto más habrá que poner en la balanza para que los vecinos, que votan, cedan y el ayuntamiento acepte la sinrazón de una ampliación abusiva e impopular. La resistencia es importante y si al menos en eso estamos de acuerdo, por una vez no habremos perdido el tiempo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004