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FUERA DE CASA

Entre mujeres

Hay un tiempo para hablar. Así se lo hicieron saber los del cine a Pedro Pérez

Felizmente, hace ya mucho tiempo que la mujer rompió su silencio. En esta semana no he parado de escuchar lo que dicen algunas mujeres, lo que cantan otras y lo que callan algunas. Me gustan las mujeres cuando hablan, también cuando callan. Los que la conocen dicen que habla mucho, incluso demasiado. No lo sé, pero creo que la futura ministra de Cultura, Carmen Calvo, que debe de ser una mujer de muchas lecturas, posiblemente conozca el delicioso ensayo del abate Dinouart El arte de callar. Lo publicó un silencioso elegante, el noble editor y conde de Siruela, que a la chita callando se ha casado con una de las mujeres más guapas y elegantes que conozco, Inka Martí, que siempre me ha parecido una princesa pop. Ser rico y tener un buen esqueleto tiene esas ventajas. En ese pequeño opúsculo -que una vez regalé con mis mejores intenciones al ministro y portavoz aznarí Pío Cabanillas. Ignoro si lo leyó-, afirma el abad que "el primer grado de la sabiduría es saber callar; el segundo es saber hablar poco y moderarse en el discurso; el tercero es saber hablar mucho, sin hablar mal y sin hablar demasiado". Si la ministra llega al tercer grado, nos encantará escucharla. Tengo mucha fe en la cultura, en los libros, y prometo enviar el libro a la plaza del Rey cuando Pilar del Castillo se haya retirado a sus silencios. Ciertamente como hay un tiempo para hablar, hay otro para callar. Ahora, la ministra en funciones estaría mejor callada. Queremos escuchar a Carmen Calvo, incluso conozco a muchos a quienes también les gustaría ser escuchados.

Escuchamos al principio de la semana a uno de esos pocos seres capaces de no cesar de hablar y, sin embargo, no ser mediocres, el Gran Wyoming. Fue el portavoz de la alegría de los cineastas de Hay motivo, una vez más nos hizo reír y disfrutar con su monólogo, que parecía imparable, hasta que una mujer, también andaluza y socialista, María Barranco, le hizo parar con una frase deliciosamente gamberra. Estaban contentos. Los del cine se sentían liberados; actores veteranos que han soportado demasiado paro como Álvaro de Luna; los de televisión, que tenían miedo a que públicamente se supiera su colaboración en la película; los profesionales del sector, cámaras, montadores, eléctricos... todos celebrando, todos bebieron, comieron jamón y brindaron en un plató que parecía un garaje para conspirar contra la dictadura. Diego Galán, que sabe muy bien dominar sus silencios, está haciendo un epílogo de esa película que ya han visto miles de personas que no estaban dispuestas a continuar soportando falseamientos de la realidad. Deberían pasar por los colegios el corto de José Luis Cuerda sobre las promesas, las convicciones y las palabras del triunfador de la lidia de una tarde sin toros en Vista Alegre. La mentira sí tiene quien la cuente. Y hay silencios que tienen que dejar su ambiguo papel. Hay un tiempo para hablar. Así se lo hicieron saber los del cine a Pedro Pérez, presidente de la FAPAE, en un manifiesto que fue firmado en plena fiesta.

Mujeres que cantan, que hacen cine, que hablan, escriben; mujeres contentas como Icíar Bollaín, que se escapa unas horas de su reciente maternidad para hacer barra escuchando a Diana Krall en Calle 54. Mujeres contentas como estaba el otro día Josefina Aldecoa, que recuerda en sus memorias cómo fue detenida en otros tiempos en compañía de un grupo de mujeres que tuvieron el valor de protestar por la represión minera en años franquistas. Contenta estaba Leonor Watling, que también celebró en compañía de la gente del cine el cambio político y su nueva faceta de cantante de sabores noctámbulos. Cerca de Tom Waits, como la Krall, y haciendo un vídeo con otra mujer contenta, la cineasta Isabel Coixet. Muy contenta también estaba la pianista Rosa Torres Pardo, escuchando a la pianista que no nos dejaba fumar mientras cantaba para pocos sus baladas llenas de humo. Contenta por escuchar a la rubia cantante, por las celebraciones con amigos y por volver a la Residencia de Estudiantes para tocar a Chopin en la presentación de la novela pianística de un hombre feliz, casi siempre rodeado por tres mujeres, como es nuestro compañero Jesús Ruiz Mantilla. Excelente escritor capaz de dormir a Pavarotti y mantenernos despiertos al resto con sus escritos y sus cantos. Contenta Lali Ramón, la actriz que también estaba en la noche del blues, después de haber visto cómo gustó a muchos la última película de su querido Carlos Saura. Una película de dureza brutal, de grandes actuaciones, como la de una mujer contenta y dura como Victoria Abril, y de hombres salvajes como José Luis Gómez y Juan Diego. Lali, empeñada en saludar a Rodrigo Rato, al que se le veía con alegría contenida, soñando con Europa, acompañado de mujeres que parecían contentas y cerca de Michavilla, que también se escapó del hotel Palace a Calle 54, después de que su amigo Rato presentara el libro de una mujer menos contenta, Ana Botella. Encantada de conocerse, contenta para la foto de portada, y bastante poco contenta con el final de sus ocho años en La Moncloa. Después de no leer el libro, Lali Ramón también nos amenazó con escribir sus "ocho años en Collado-Mediano". Creo que lo leeré con más placer que el libro de la concejal madrileña. Sí, lo he intentado, pero no podía seguir leyendo; entre la nadería y el desinterés, se me caía de las manos. Esperaré a la entrevista con Dragó. Es posible que no haya sabido captar la verdadera esencia de la escritora en funciones de concejal. Seguiré atento a la pantalla televisiva y cultural.

Contentas me dicen que estaban las jóvenes casaderas, las que serán familia real dentro de poco, Letizia Ortiz y Laura Ponte. ¿Por qué estarían tan contentos en la Casa Real?

En fin, contentos muchos. Contentas muchas. Algunas tienen motivo, por ejemplo, Carmen Rigalt, a quien también la veo contenta, no sé si porque se cree de verdad que todas son princesas. O porque sabe que unas lo son más que otras. La han visto feliz y principesca. ¿Qué tendrá la princesa?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004