POR LO QUE TENGO VISTO, a los escritores como Dios manda les gusta la lluvia. Qué bonita queda la lluvia en los libros. Vamos, yo he leído novelas que eran, permítanme la ruda expresión, una mierda, pero que se salvaban gracias a que el escritor había metido una buena lluvia y aquello, oyes, era otra cosa. Y no digamos en el cine. Tú metes una escena de amor en plena calle con los protagonistas mojados de lluvia (y de pasión), y al público se le hace el culo pepsi-cola. Al cine español lo que le falta es lluvia. Un día me lo explicó Gutiérrez Aragón: "Para un literato es muy fácil hacer que llueva -decía con rencor-; en cambio, tú empiezas un guión escribiendo 'llueve sin parar hasta donde la vista alcanza en las interminables llanuras albaceteñas', y el productor es que se descojona vivo porque esas tres líneas le cuestan lo que cuesta toda una película española". En las películas que yo he escrito nunca llueve porque a mí me gusta que los productores sean felices. Yo pongo cosas como: "hace frío" o "hace calor", y eso es algo que se arregla poniéndole un abrigazo al actor en pleno verano o dejándolo en bolas en pleno invierno. Pero a los actores no les importa porque les gusta sufrir y decir lo superduro que ha sido el rodaje. También les gusta decir que les ha encantado trabajar con tal director porque "es un director que tiene muy claro lo que quiere de ti, pero te deja libertad a la hora de abordar al personaje y hacer tus propias propuestas". Y lo dicen como si nadie hubiera pronunciado estas palabras jamás. Así está Antonio Gasset, que mueve las orejas porque no sale de su asombro. Por cierto, un día movió las orejas en mi honor en Días de cine, y mi padre, que ve la tele veintiocho horas al día por si salgo yo, me lo grabó. Cómo son los padres. Di que el otro día me dio el punto y me fui al teatro a ver a Gabino Diego. Me pongo a la cola y empiezo a oír a un señor de aspecto honorable y acento cubano contarle a unos amigos que él ha visto la función cuarenta y siete veces y que cada vez que la ve le gusta más. De momento, yo pensé: "¿Y este señor quién será, un jubilado que han contratado para animar el cotarro?". Caí en la cuenta de quién era cuando escuché que alguien le llamaba Gabino. Me volví y le dije: "¿Usted no se llamará Gabino porque es el padre de Gabino?". Y el hombre, asombrado por mi perspicacia, se me echó a los brazos. Debo decir que el papá tenía razón: Gabino es muy gracioso, hombre, no sé si para ver la función cuarenta y siete veces, pero sí una. Tiene un aire tragicómico cuando cuenta que consiguió su primer papel (Las bicicletas son para el verano) al presentarse en su instituto a un casting de feos. Y es muy divertido también cuando recita de corrido las malas críticas que le hicieron al principio de su carrera. Yo reconocía la prosa de algunos de nuestros queridos críticos. Decían cosas espeluznantes: "el insoportable", "el insulso", "el único que desentona". Me identifiqué con el pobre Gabino porque a las mentes inseguras siempre se nos queda lo malo, lo bueno lo olvidamos. En mi memoria persiste una crítica que me hicieron: "La dirección es excelente; los actores, sublimes; la música y la fotografía, inolvidables, pero el guión es el cáncer que lacera toda la película". El cáncer, qué fuerte. "Por Dios", le decía yo a mi santo, "¿qué le hubiera costado hacerme una crítica constructiva, con lo bien que admito yo las críticas constructivas?". Recuerdo que mi santo me dijo: "Ya puestos, mejor que sea destructiva, porque las constructivas son esas en las que te vienen a decir que eres un idiota, pero que si persistes, puedes mejorar". Ése es mi santo, un filósofo de pelo en pecho. Me encantó también cuando Gabino cuenta que después de hacer El rey pasmado fue a una recepción en la Zarzuela y el Rey le dijo: "Coño, Gabino, pareces de la familia".
Después de la función, en el camerino, volví a ver a Gabino padre, que le decía al hijo: "Hoy has estado mucho mejor, Gabino, y sabes que yo soy hipercrítico". Genial. Gabino ponía la cara que ponemos los hijos ante la pesadez paterna. Salimos a la calle y llovía. Gabino se ofreció a acompañarme hasta el taxi. Era una situación cómica: tardamos un cuarto de hora en recorrer cinco metros porque Gabino me volvió a hacer parte de la función en plena calle, y para ver teatro en la calle con la rasca que ha hecho estos días, hay que amar mucho el teatro. Ya montada en el taxi, Gabino me dijo, antes de cerrarme la puerta: "Para mí que te ha gustado más mi padre que la función". Y el taxista, un profesional del palillo, dijo: "Venga, Gabino, no te enrolles, que hace un frío que pela". Cuando el taxi arrancó, el taxista murmuró: "Este Gabino es un tío simpático", y luego siguió con lo típico: "Este Madrid, en cuanto caen dos gotas da assssco". Los taxistas son como los actores, siempre dicen lo mismo. Era verdad: la lluvia será muy buena para el campo, pero para mentes como la mía, que apostamos por el calentamiento del planeta, es un asssco. Desde el mismo taxi llamé a Florenci Rey, mi meteorólogo de cabecera. "Florenci", le dije, "haz algo". Y Florenci, que no sabe el error que cometió el día que me dio su número de móvil, me dijo: "Dame dos días y te cambio el panorama". Así ha sido. Florenci, rey de las isobaras, de las isotermas, Apolo (tócame el bolo), gracias por poner este solecillo de Domingo de Ramos. Eres mi hombre. Del tiempo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004