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LA COLUMNA | NACIONAL

El lugar de España

La irresponsable aventura exterior de Aznar debe terminar: así volverá España a ocupar su lugar

A PESAR DEL RUIDO levantado en torno al compromiso socialista de retirar las tropas españolas de Irak, algunas cosas van quedando definitivamente claras. La primera, la guerra de Irak no fue la respuesta de Estados Unidos a los atentados del 11 de septiembre; la segunda, no fue tampoco un ataque preventivo contra la amenaza, inminente o a medio plazo, de armas de destrucción masiva; la tercera, esa guerra fue -es- el intento de realizar el "destino manifiesto" de Estados Unidos como artífice de un nuevo orden mundial. No hay más que leer lo escrito tras el hundimiento de los regímenes comunistas por el grupo que llegó al poder de la mano de Bush para convencerse. No ocultaron sus intenciones; desde los nazis, nadie como ellos había sido tan diáfano: se trataba de culminar un triunfo histórico extendiendo a todo el mundo un nuevo orden, democrático en esta ocasión. Un eslabón fundamental de la cadena era el control militar de Oriente Próximo.

De manera inopinada, y para sorpresa de todo el mundo (literalmente: de todo el mundo), España ocupó un lugar de primera fila en esa operación. No, desde luego, enviando una fuerza militar "significativa"; pero sí formando parte de un remedo de pacto tripartito con Estados Unidos y Reino Unido, que, ellos sí, poseen armas de destrucción masiva en un grado más que significativo y capacidad para utilizarlas en el último rincón de la Tierra. El Gobierno de España, en la persona de su presidente, participó en la declaración de hecho de una guerra a Irak, codeándose ilusoriamente con las dos potencias dispuestas a establecer por la fuerza de las armas ese nuevo orden mundial.

Cuando se rastrean las declaraciones del presidente del Gobierno con el propósito de encontrar las razones que le hayan podido conducir a desempeñar un papel tan destacado en empresa tan descomunal, sólo se encuentran dos. Es posible que haya habido más, pero si así ha sido, no lo sabemos: el presidente sólo nos ha contado dos: primera, España asume sus responsabilidades en la lucha mundial contra el terrorismo; segunda, España sale por fin del rincón oscuro de la historia y, como nación fuerte que es, se dispone a ocupar la posición de vanguardia que le corresponde en la construcción de un mundo más seguro y democrático.

Estas dos razones son falsas. La primera, porque la guerra de Irak no fue contra el terrorismo, sino por el control de una zona crucial para el nuevo orden mundial. La segunda, porque España no estaba encerrada en un rincón de la historia. Muy al contrario, ocupaba, desde su ingreso en la OTAN y en la Comunidad Europea, el lugar que le correspondía por su potencia demográfica, económica y militar. Si acaso, ese papel estaba unos puntos sobrevalorado por el hecho de ser, en la Europa de los Quince, única entre grandes y pequeños, y por haber sabido jugar con inteligencia las cartas que le tocaron por tan singular posición. Por lo demás, España mantuvo sin quebranto sus relaciones especiales con Estados Unidos y reforzó los vínculos, tantas veces retóricos, con el mundo árabe y los países latinoamericanos.

Todo eso se ha puesto en peligro por un giro de la política exterior para el que ni el Gobierno en su conjunto ni el presidente de manera particular se han servido ofrecer explicaciones a una opinión pública legítimamente preocupada por una empresa que no acababa de entender y contra la que oponía, en la calle, sólidas razones morales y políticas. Lamentablemente, laboratorios de reflexión, como la Fundación Elcano, han renunciado a cumplir un trabajo suprapartidista y se han limitado a ofrecer fantasiosas lucubraciones con el único propósito de justificar la política del Gobierno: nadie, en definitiva, nos ha explicado qué demonios hacía España, si en efecto hacía algo más que mera comparsa, en una declaración de guerra sostenida por Estados Unidos y Reino Unido.

¿El lugar de España? Sí, por supuesto, el de un agente activo en la construcción de Europa, en las relaciones con el mundo árabe y con Latinoamérica, en su vínculo transatlántico con Estados Unidos. Ése era nuestro lugar. ¿Puede restablecerlo el nuevo Gobierno? Sin duda, porque finalmente, como nadie puede saltar por encima de su propia sombra, la presencia de tropas españolas en Irak es irrelevante: nada se derrumbará por su retirada; sólo sacaremos las manos de un avispero en el que nunca debimos haberlas metido. La irresponsable aventura exterior emprendida por el Gobierno de Aznar debe terminar. De la mejor manera posible, sin tirar toda la vajilla por los aires, pero debe terminar: sólo así volverá España a ocupar su lugar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004