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Reportaje:PREOCUPADOS POR LA SEGURIDAD | LA EUROPA DE LOS 25

Un ojo en Bruselas y otro en Washington

Los países de la ampliación confían su seguridad militar a EE UU y el desarrollo económico a la UE

Bruselas
Cinco de los siete países que han ingresado esta semana en la OTAN entrarán en la UE el próximo 1 de mayo; los otros dos -Bulgaria y Rumania- lo harán en 2007. El ingreso en la Alianza antes que en la Unión no es casual. Para todos ellos, su seguridad depende de EE UU, al que agradecen su papel en la caída del comunismo.

El ministro búlgaro de Exteriores, Solomon Passy, lloró cuando la bandera de su país era izada en la sede de la OTAN durante la ceremonia de ingreso de Bulgaria, Rumania, Letonia, Lituania, Estonia, Eslovaquia y Eslovenia. Su homólogo eslovaco, Eduard Kukan, contestó con marcial cuando un periodista le preguntó si su Gobierno continuaría apoyando a Estados Unidos en Irak, al tiempo que el rumano Mircea Geona asentía de modo visible. El proceso de integración de todos ellos en la Alianza Atlántica, guiado por Washington, ha concluido antes que el de su entrada en la UE, un dato que no debe de pasar desapercibido. Rumanos y búlgaros entrarán en la Unión en 2007 y polacos, checos y húngaros son miembros de la Alianza desde 1999.

"Entran en una OTAN inmersa en un bronco debate sobre su dirección estratégica"

La fidelidad a EE UU obedece a un cálculo político que no afecta al entusiasmo europeísta

Su ingreso en la OTAN tiene más simbolismo político que militar. Ninguno dispone de fuerzas notables para contribuir al fortalecimiento de la organización. Para los nuevos socios hay un antes y un después de la guerra de Irak, si bien nunca han tenido reparos en identificar sus intereses de seguridad con los de EE UU. "Los países del Este sienten una inmensa gratitud por la contribución norteamericana en la caída del comunismo, al menos mi generación. Es mejor para nuestra seguridad estar con EE UU, pero queremos y lucharemos para que la UE tenga una posición común en política exterior y de defensa", decía meses atrás en una entrevista a EL PAÍS el ministro de Exteriores rumano. Su Gobierno contribuye con 700 soldados a la coalición internacional en Irak. Bulgaria, que tiene el mayor presupuesto militar de los siete nuevos socios (3,1% del PIB), aporta medio millar. Búlgaros, rumanos y polacos no ocultan su deseo de que Washington instale bases permanentes en sus territorios aprovechando el reajuste de tropas norteamericanas en Europa, algo que parece descartado por la Administración de Bush para no irritar más a Rusia, recelosa con esta ampliación de la OTAN y de la UE.

La fidelidad de estas naciones a Washington obedece a un cálculo político que no afecta a su entusiasmo europeísta. Pero no han tenido suerte con el momento de su incorporación a las dos entidades, la europea y la atlántica. "Es evidente que se integran en una Alianza que no es la máquina bien engrasada que pensaron que era. Entran en una organización inmersa en un bronco debate sobre su dirección estratégica futura", escribe Ronald Asmas, analista de la Fundación Marshall, en un artículo en Nato Review. La prosperidad de estos países dependerá en gran medida de cómo afronten el desafío transatlántico, el reto europeo y las ingentes reformas económicas y administrativas que deben realizar para acomodarse a la Unión Europea. Y ninguna de esas tareas será sencilla, más si se tiene en cuenta que el éxito no depende de ellos, sino de la coherencia de europeos y norteamericanos en definir estrategias comunes.

En febrero de 2003, semanas antes de la invasión de Irak, los líderes del llamado Grupo de Vilnius (Lituania, Letonia, Estonia, Bulgaria, Rumania, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Macedonia y Albania) suscribieron una declaración conjunta en la que afirmaban que EE UU había presentado "pruebas convincentes" sobre el arsenal de armas de destrucción masiva de Sadam Husein. Días antes, Polonia, República Checa y Hungría se sumaban a la iniciativa de España, Reino Unido, Italia, Dinamarca y Portugal en favor de las tesis del presidente George W. Bush de acabar por la fuerza con el régimen tiránico de Sadam. Esto causó estupor en Francia y Alemania, abrió una fractura, mal cerrada, en la OTAN y provocó divisiones en la UE. Un año después ha cambiado aparentemente algo. Pero no todo. "Para nosotros, los elementos técnicos como la existencia o no de misiles, armas químicas, etcétera, no contaron cuando decidimos implicarnos en la estabilidad de Irak", asegura el ministro de Defensa rumano, Ioan Mircea Pascu. "Nuestra posición ha sido correcta", añade el viceministro de Exteriores búlgaro, Lubomir Ivanov.

¿Cuál será el efecto Zapatero en la política de estos países en Irak? De momento, ninguno, sostienen fuentes diplomáticas de esta nueva Europa, como la bautizó el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld. Así lo indicó el viernes a sus aliados atlánticos el ministro polaco de Exteriores, Wlodzimierz Cimoszewicz. Para él, partidario de una implicación de la OTAN en Irak, debilitar la coalición internacional sería dar alas al terrorismo. Polonia dirige con más de 2.000 soldados la división multinacional en el centro-sur del territorio iraquí, en la que están integrados 1.300 españoles que el futuro presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha comprometido a retirar si el 30 de junio la ONU no asume el control político de Irak.

"La ampliación de la OTAN, que no será la última, no va dirigida contra Rusia", afirma Nicholas Burns, embajador de EE UU ante la Alianza. Moscú no digirió la anterior, en 1999, y menos la de ahora con la entrada de Letonia, Lituania y Estonia, las tres repúblicas bálticas que se independizaron de la ex Unión Soviética a principios de los noventa. "No tiene sentido que el Gobierno ruso critique que aviones de la OTAN protejan esos países, que carecen de defensa aérea propia", indica su colega polaco, Jerzy Nowak.

Para el enviado de Varsovia, la ampliación de la OTAN y de la UE será positiva para todos, porque "reforzará la estabilidad de Europa". Pero se da un consejo a sí mismo que lo extiende al resto: "No debemos obsesionarnos con nuestro sentimiento antirruso".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004