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Reportaje:

Serafines con trabuco en Alcalá

La Casa del Oidor recoge en una muestra la singular inocencia del arte sacro peruano

La Capilla del Oidor de Alcalá de Henares acoge hasta el 11 de abril la exposición Tradición y fe en Cuzco, una ocasión única para que el visitante se adentre por los meandros del arte religioso que cruza los desfiladeros del altiplano peruano para desembocar, luego, en una expresión inocente y seriada de belleza pura.

La muestra, que forma parte del XIV Festival de Arte Sacro promovido por la Comunidad de Madrid dentro de Teatralia, incluye un centenar de cuadros, cerámicas polícromas, tallas y marquetería -en buena parte de hechura contemporánea- y se presenta complementada por una exposición de fotografías. Éstas son obra de Juan Manuel Castro Prieto, fotógrafo madrileño conocedor del país andino, al que retrata con los presagios que sus altos y nublados cielos proyectan umbríamente sobre lugares y lugareños. El comisariado de la exposición corresponde a Manuel Méndez Guerrero, que ha contado con Victoria Cherquis como contraparte en el país de los quechuas.

"Ha llegado el momento de extender mi pluma en dar noticia de las grandes cosas que hay que contar del Perú", destacaba Pedro Cieza de León en carta dirigida a Felipe II en el año 1558 desde la ciudad de Cuzco. Éste fue el hogar imperial de la civilización inca, irradiada por el Sol y desplegada sobre anchos territorios de Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia y Chile.

Allí, en aquella urbe encaramada a 3.390 metros bajo la cordillera andina, los visitantes que penetraban a su imponente alfoz acostumbraban inclinar la cabeza ante quienes lo abandonaban, por ser enclave aquél sagrado. Algunas de sus calles llegaron a verse adoquinadas en plata y hubo jardines de oro puro, al decir del Inca Garcilaso de la Vega. Amén de la codicia colonial y tras la aplicación del garrote vil al gran Atahualpa, emperador de los incas, en la ciudad de Cajamarca en agosto de 1533, Cuzco fue reducida y conquistada por Francisco Pizarro aquel mismo diciembre.

El arte del Perú no ha discurrido, pues, por cauces de historicidad o de progreso en natural secuencia, sino más bien ha oscilado entre zigzagues que en todo momento reflejaron la tensión vivida por sus orfebres.

Su pugna era por conjugar, en su hechura, la pátina gozosa de la expresividad andina con las pulsiones manieristas y barrocas llegadas a la colonia desde la metrópli española y desde Italia, de la mano de artistas allí asentados junto a los misioneros. Desenlace de tal confrontación fue un tipo de arte, bien visible en la exposición alcalaína que, pese a su vigoroso figurativismo, conserva el aura inmaterial de una civilización mítica.

Es la misma que impregna aún hoy inocencia y fantasía sus pinturas, tallas y policromías y de ella surgió una forma de espiritualidad tan genuinamente india que acabó incorporada al arte sacro cristiano como un manantial de renovada frescura: con su naturalidad removió los abigarrados cimientos del arte de la vieja fe llegada al continente transatlántico con los evangelizadores y los guerreros.

De tal mixtura nació, pues, una plétora de obras de arte seriadas, generalmente retratos cuyos personajes corresponden a los ángeles y arcángeles arcabuceros. Son estos entes nombrados como masculinos, mas de identidad femenina. Se ven calzados por botas con lazadas, y vestidos de ricas ropas recamadas con bordados de oro y plata repletas de encajes y golas, tocados de emplumados sombreros de ala vuelta. Las turgencias pectorales bajo sus atavíos y la dulzura de su aspecto contrastan con la entidad y dimensiones de sus trabucos, fusión que algunos han atribuido a la necesidad de juntar en una misma persona elementos tan distintos como la beatífica función celestial que la doctrina cristiana atribuye a los seres seráficos y, de otro lado, la concepción territorial -parcelada para cada uno- aplicada al cielo por los incas.

De su encuentro brotó esta suerte de alados policías de hacienda, amanerados y miríficos pese a sus descomunales armas, generadoras del trueno, impacto sagrado para los incas, más expresión del temor al poderío de los conquistadores y, quizá, origen etimológico de los tronos, con las dominaciones el rango supremo en las cohortes celestiales.

La muestra alcalaína se exhibe en la capilla que conserva la pila bautismal donde fuera cristianado Miguel de Cervantes Saavedra. De él se ha llegado a decir que construyó su Don Quijote inspirado por la figura de fray Bartolomé de las Casas, a cuyo entierro asistió conmovido en la basílica madrileña de Nuestra Señora de Atocha. Las Casas fue el heraldo de una moral igualitaria en la tierra india conquistada, donde el arte allí nacido deslumbra aún por su honda magia y su desenvoltura, más por la atmósfera atemporal gozosa en la que vírgenes y ángeles atraen las miradas desde su arcaica mansedumbre.

Capilla del Oidor. Plaza de Cervantes.

Alcalá de Henares.

Tradición y fe en Cuzco. Lunes a viernes, de 12.00 a 14.00 y de 17.00 a 20.00. Sábados y domingos, de 10.00 a 14.00.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004