¡Qué acertada exposición del origen, desarrollo y situación de la guerrra de Irak la de Carlos Castresana Fernández! [publicada el jueves 1 de abril]. Arroja sobre los hechos la luz deslumbrante de la racionalidad, tan necesaria en medio de la confusión política y moral que ha creado el Gobierno de Bush.
Aunque no tenga una relación directa con la impactante noticia del asesinato de los contratistas americanos y su posterior escarnio, no he podido evitar cierta asociación de ideas. Porque el asesinato de inocentes ocurre muy a menudo en las guerras, ya sean preventivas o en defensa. Estas imágenes de los cadáveres quemados, mutilados y colgados son de las que permanecen en la retina durante mucho tiempo, pero es que también se quedaron en la retina las imágenes de cadáveres de niños amontonados en camiones, después de que las bombas de racimo (armas de destrucción masiva) fuesen lanzadas por los americanos sobre un barrio de civiles inocentes.
Aunque no todos conocemos por experiencia lo que es una guerra, todos podemos imaginarlas gracias al periodismo, la literatura, el cine, etcétera. Las guerras producen destrucción, dolor, maldad, odio... Unos empiezan matando y los otros responden matando. ¿No hubiese merecido la pena hacer todo lo posible por evitar esta injustificada, ilícita y tramposa guerra?
Si, como dice Carlos Castresana, el único tribunal que puede juzgar esta guerra de Irak es la opinión pública en las urnas, espero que la verdad (no siempre agradable de conocer) ilumine sus votos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004