Rodrigo Rato (Madrid, 1949) tiene, desde hace días, preparadas las maletas para instalarse en Washington como nuevo director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI). Deja atrás la política española con un balance positivo en lo económico y un final amargo en el terreno político. El nombramiento de ayer supone para Rato su retirada, al menos durante unos años, de la esfera nacional para ocupar un puesto clave en la economía globalizada. Una salida por la puerta grande.
La mejor de las posibles en las actuales circunstancias para este hombre, que procede de una familia empresarial asturiana (también por su segundo apellido, Figaredo), pero al que ha tentado siempre mucho más la tensión política. Rato quiso ser candidato a presidente del Gobierno, pero no lo logró. Para él ya es agua pasada, y seguramente tampoco se plantea ahora si el resultado del 14-M pudo ser distinto. El siguiente escenario era ser cabeza del PP en las elecciones europeas.Un retiro a la espera de tiempos mejores o quizá definitivo. Y pudo no ser el elegido para sustituir a en la dirección del FMI Horst Köhler, que se retiró para ser presidente de Alemania cuando mejor le venía a Rato.
La suerte le ha venido de cara a este político de raza, curtido en mil batallas desde que comenzó como diputado de Alianza Popular y luego como portavoz del Grupo Popular en el Congreso, después de que los socialistas obtuvieron su primera victoria en la etapa democrática. Entre los candidatos posibles al FMI, Rato movió bien sus contactos y obtuvo el respaldo de sus colegas del Ecofin, el Consejo de Ministros de Economía y Finanzas de la Unión Europea, al tiempo que sus contrincantes, sobre todo el francés Jacques Lemierre, se retiraban de la pugna.
Rato no dudó de la palabra del que se disponía a ser nuevo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ni la de su ministro de Economía, Pedro Solbes, cuando le aseguraron su respaldo. Más que un puente de plata, la mano tendida también se explica por la ventaja que supone tener a un español, por primera vez en la historia, al frente de un organismo con tanta influencia en la esfera internacional, en especial para Latinoamérica.
Rato jugó un papel decisivo en la crisis argentina de hace ahora poco más de dos años. Los fuertes intereses españoles en ese país le empujaron al entonces vicepresidente y ministro de Economía a mediar en las negociaciones a cara de perro entre Argentina y el FMI. Rato, como miembro más veterano del Ecofin, fue clave para la proyección europea hacia el exterior.
Ésta es la segunda vocación de este licenciado en Derecho y master en Administración de Empresas por Berkeley. Intentó ser ministro de Exteriores en la segunda legislatura del PP, la de la mayoría absoluta. Se quedó en Economía, con categoría de vicepresidente segundo. Las cifras le avalan. Desde la incorporación al euro, hasta el crecimiento, la creación de empleo y avances en la liberalización y en la inflación.
Pero ha dejado como problemas pendientes el de la vivienda -una caldera a presión- y el de la precariedad en el empleo. En estos últimos ocho años al frente de la política económica en España, Rato se ha quedado con la fustración de no haber puesto en marcha otra reforma laboral.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004