Es posible que la forma en la que los científicos comunican sus hallazgos distorsione o confunda la perspectiva sobre el significado real de la ciencia dentro de la sociedad a la que sirven? Los investigadores recurrimos al uso de instrumentos clarificadores y elaboradores de pensamientos cuando se trata de explicar modelos y conceptos complejos que no son directamente observables. Una herramienta fundamental es la utilización de figuras retóricas consideradas generalmente como expresiones literarias entre las que se destaca el uso de metáforas. Al emplearlas, comprendemos una parte de nuestra experiencia en función de otra, de tal forma que sugerimos similitudes entre entidades no idénticas. Pero las metáforas pueden ser algo más. Recientemente, autores como T.L. Brown en Making Truth: Metaphor in Science, desarrollan los postulados básicos surgidos a principios de los ochenta a partir de la publicación del famoso libro Metáforas de la vida cotidiana de los lingüistas G.P. Lakoff y M. Johnson. En este caso, no habría una descripción única correcta del mundo, y todo lo que pensamos que conocemos es metafórico. Los científicos llegan a compartir ciertos principios por el mero hecho de compartir un conjunto de metáforas, cuya base común es que nos valemos de los mismos sentidos. Sin entrar en la discusión acerca del valor de la metáfora como recurso de cognición, es indudable que su empleo como herramienta de comunicación deber ser fruto de una cuidadosa reflexión.
Ejemplos del uso de metáforas poco afortunadas cuyo origen está en las interacciones sociales humanas son muy comunes en todos los campos de la ciencia y son creadas tanto por los científicos como por los medios de divulgación científica. Así, se habla de "especies invasoras", "células como fábricas", "colesterol bueno", "explosión demográfica", "el espacio es tiempo", o "el libro de la vida". Todas ellas, y desde un punto de vista científico, son cuestionables.
Los medios de divulgación científica deben en lo posible contextualizar la información que proporcionan y no meramente comunicar unos resultados. Hay que resaltar que la ciencia es incertidumbre, como bien señala Karl Popper. No es buena la falta de un periodismo científico de opinión; las informaciones no se contrastan, y así el ciudadano no puede aquilatar las limitaciones de las aproximaciones empleadas por los científicos.
Dos temas centrales de actualidad son ejemplo de lo antes comentado: el proyecto de secuenciación del genoma humano y el empleo de las "células-madres". Así, el uso de términos tales como "descodificar el lenguaje de la vida" o "leer nuestro libro de instrucciones" por los máximos responsables científicos del Proyecto Genoma Humano norteamericano en apariciones con un fuerte carácter mediático, produce efectos indeseados. Más preocupantes aún son las connotaciones que implican estas afirmaciones. Que el genoma pueda "leerse" como un "libro de instrucciones" implica que está escrito con intencionalidad. Esto coloca a los científicos no como observadores imparciales sino como parte del proceso. Más aún, atribuye a los científicos el papel de sacerdote que interpreta las instrucciones de Dios y las traslada al resto de la humanidad. El propio director del Instituto Nacional de Investigación del Proyecto Genoma Humano, F. Collins, se refirió a la secuencia del genoma como "el lenguaje de Dios". Estas imágenes producen en el público cierta desconfianza hacia el científico. Es más que probable que la necesidad de obtener fondos esté detrás del uso de este lenguaje, asistiéndose a un perfil cada vez más agresivo del científico como relaciones públicas.
El caso de la investigación con líneas de células embrionarias es similar, con un ejercicio mediático y un lenguaje no siempre responsables. Para cualquier investigador no deja de llamar la atención -no porque sea necesariamente negativo- que asociaciones de enfermos y familiares se movilicen exigiendo determinadas políticas científicas a las administraciones públicas.
En una sociedad con un componente tecnocientífico cada vez mayor, es imprescindible que los ciudadanos tengan un adecuado criterio, ya que será la única manera de ser auténticamente responsables. La sociedad nos exige que como científicos expliquemos nuestro trabajo, que al fin y al cabo ella financia, y eso no siempre es sencillo. Los medios de comunicación deben ayudar de forma eficaz con una prensa científica de opinión, que no se parezca al periodismo deportivo, donde priman sobre todo las declaraciones sin más de unos resultados. Cada vez más, una carencia en este sentido se traducirá, irremediablemente, en un déficit democrático. Necesariamente, todos usamos un lenguaje metafórico al comunicar, enseñar o incluso hacer ciencia. Pero no olvidemos que el precio del uso de la metáfora es la eterna vigilancia.
David Pozo es profesor de Bioquímica y Biología Molecular (Universidad de Sevilla) y miembro del Wolfson College (Universidad de Cambridge).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004