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Reportaje:

Los rusos no entran, su petróleo sí

Las grandes compañías rusas se han preparado para la ampliación y han logrado una enorme cuota de mercado en la UE

En la nueva Unión Europea de los 25 no existen fronteras para la energía rusa: un denso tejido de oleoductos y gaseoductos que unen los yacimientos del Este con los consumidores potenciales en el Oeste. Las grandes compañías energéticas rusas tomaron posiciones antes de la ampliación, invirtiendo en la modernización y creación de refinerías, terminales portuarias, vías de transporte y redes de gasolineras.

El Estado ruso, que obtiene el 40% de sus divisas anuales de la exportación de hidrocarburos, apoya la agresiva política internacional de sus principales petroleras (Lukoil, Yukos y TNK) y juega sus cartas con la mentalidad de un ajedrecista para impedir que otros países post soviéticos se fortalezcan como competidores independientes en el mercado europeo de la energía.

Rusia obtiene el 40% de sus divisas anuales de la exportación de hidrocarburos

Con Putin, las reservas de crudo han pasado a ser secreto de Estado

Obsesionada por el complejo de asedio, Rusia practica una política de expansión

El 25% del gas y más del 20% del petróleo consumidos en la Unión Europea proceden de Rusia y esas proporciones seguirán aumentando en el futuro, según afirma la vicepresidenta de la Comisión Europea, responsable de Energía, la española Loyola de Palacio. Su pronóstico se basa en "la incorporación a la UE de países con redes energéticas interconectadas con Rusia, el declive de las reservas de otros proveedores, como Noruega" y "el mayor papel del gas en el balance energético europeo".

Para Moscú, el mercado europeo, adonde van la mitad de sus exportaciones de petróleo y más del 60% de las de gas, continuará siendo el principal en el futuro, asegura Valeri Salyguin, director del Instituto de Política Energética de Moscú.

Con los precios del crudo por las nubes, los rusos exportan todo lo que pueden. En 2003, sus exportaciones de petróleo se incrementaron en un 12% respecto al año anterior y alcanzaron 209,8 millones de toneladas, de las cuales 175,2 millones fueron a Europa occidental y al Báltico. En el primer trimestre de 2004, la exportación de crudo ruso en general aumentó en un 21% respecto al primer trimestre de 2003. El año pasado, Gazprom, el monopolio del gas ruso, exportó (mayoritariamente al mercado de la Unión Europea) 133.000 millones de metros cúbicos de gas propio y 7.500 millones de Asia Central.

La energía es poder en Rusia. La estrategia energética de este país hasta 2020 establece que su "influencia geopolítica" está determinada "en gran medida" por su papel en los mercados mundiales de la energía. Con el presidente Vladímir Putin, las reservas de crudo en el subsuelo ruso han pasado a ser secreto de Estado (no así las de gas). Entre bastidores, el presidente socava la reputación de los eventuales competidores asiáticos al tiempo que trata de convertirse en su intermediario.

Moscú se ha situando bien para no quedarse al margen del Caspio, en parte valiéndose de las turbulencias políticas en la región, que han acercado a las puertas del Kremlin al dictador turkmeno Saparmurat Niyázov, tras la intervención de Estados Unidos en Irak. En abril, Rusia y Turkmenistán firmaron un acuerdo por 25 años, a tenor del cual Moscú incrementará sus compras de gas hasta 80.000 millones de metros cúbicos anuales a partir de 2009, lo que supera en mucho la producción actual de Turkmenistán. Moscú se adelanta así a Ucrania y es posible que, para comprar gas turkmeno en el futuro, Kiev tenga que negociar con Gazprom. En situación parecida pueden verse los países de la Unión Europea que deseen gas de Turkmenistán.

Sobre las rutas energéticas post soviéticas se proyectan temores y ansiedades, como lo demuestra el oleoducto Odessa- Brody en Ucrania, un tendido de 600 kilómetros de longitud con capacidad de 14,5 millones de toneladas por año, construido para transportar el crudo ligero del Caspio y Asia Central al margen de Rusia. El proyecto, que debe continuar hasta Plock y Gdansk (en Polonia), contó con asistencia técnica de la Comisión Europea y apoyo político de su vicepresidenta De Palacio y el compromiso del Gobierno polaco y ucranio para llevarlo adelante.

En el otoño de 2003, los ucranianos planeaban descargar el primer petrolero en la terminal de Odessa con la comisaria como invitada, según Mijaylo Gonchar, un ejecutivo de Ukrtransnafta, el monopolio de oleoductos ucranios. La ceremonia no se celebró y el oleoducto, en el que Ucrania ha desembolsado 500 millones de dólares, está vacío.

"Odessa-Brody es un monumento a la ideología de la guerra fría, al voluntarismo político para esquivar a Rusia por encima de todas las consideraciones económicas", dice un experto en energía occidental. En febrero, el Gobierno ucranio rechazó la oferta de la empresa rusa TNK-BP, dispuesta a pagar 90 millones de dólares anuales para usar el oleoducto en sentido contrario al proyectado, es decir, para llevar crudo ruso de Brody a Odessa.

Los rusos opinan que los ucranios no han cerrado los contratos con los suministradores, debido a la carestía y complejidad del transporte desde el Caspio. Los ucranios, en cambio, acusan a los rusos de obstaculizar el lanzamiento de Odessa-Brody. Serguéi Yermílov, el ministro de Energía de Ucrania, fue destituido en marzo de este año tras acusar a varios altos funcionarios de su país de "sabotear" la política europea de Kiev.

Ucrania no tiene ofertas ni de proveedores ni de compradores de crudo para Odessa-Brody y Polonia y la UE no dan dinero para continuar el oleoducto, según dijo a fines de abril el presidente ucranio, Leonid Kuchma, que acusó a su propio Gobierno de haber "enterrado 500 millones de dólares y pedir ahora peras al olmo".

Desde Bruselas (en público por lo menos) la situación se analiza sin dramatismo. "Puede tardar tres o cuatro años, pero se va a poner en marcha. Si Ucrania tiene contratos de suministro de petróleo de Azerbaiyán, se dará más prisa, y si no los tiene, entonces la urgencia no es tanta", señala Loyola de Palacio, según la cual, en torno a Odesa-Brody, hay "juegos complicados" y "muchas teclas a sincronizar".

Obsesionada por el complejo de asedio, Rusia ha practicado una política de expansión. En Ucrania, las empresas rusas controlan cuatro de las seis refinerías del país. En Lituania, Yukos tiene el control en la refinería Mazeikiu Nafta, la más importante del Báltico, y Gasprom compró en marzo un paquete del 34% en la compañía de gas Lietuvos Dujos. Lukoil tiene gasolineras en los tres Estados bálticos y refinerías en Bulgaria, Rumania (dos países que son candidatos al ingreso en la UE en el año 2007) y Ucrania. En Eslovaquia, Yukos controla el 49% de las acciones de la compañía Transpetrol y construye un oleoducto desde Bratislava hasta la refinería de Schewacht (en Austria). Yukos invirtió también en el plan para hacer reversible el oleoducto Adria para transportar crudo por el sistema Druzhba-Adria hasta al puerto croata de Omishal, en el mar Adriático.

El expansionismo energético ruso muestra su poder en algunos países. Transneft, el monopolio del oleoducto ruso, boicotea el transporte al puerto letón de Ventspils, en beneficio del ruso de Primorsk. En Bielorrusia, Gasprom cortó el suministro de gas natural al populista presidente Alexandr Lukashenko, que se resiste a cederle el control de la empresa nacional de gas, Beltransgas. En la Unión Europea, el capital que mueve el sector energético ruso atrae y atemoriza a la vez. "Si juegan de acuerdo con las reglas, ¿por qué vamos a cerrarle el camino?", dice un diplomático nórdico.

De Vladivostok a Lisboa

¿Es previsible un mercado energético único desde Vladivostok a Lisboa? ¿Es decir, a lo largo de toda Eurasia? "A medio y largo plazo, sí", opinaba la comisaria europea de Energía, Loyola de Palacio, en una conversación durante su reciente viaje a Moscú. Para ello, sin embargo, hay que solucionar los problemas que se plantean en las negociaciones para el ingreso de Rusia en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y en el Diálogo Energético, que Bruselas y Moscú mantienen desde 2000.

Los europeos desearían que el Gobierno ruso ratifique la Carta Energética, garantice un acceso equitativo al tránsito por su territorio a terceros y reforme los monopolios de gas y electricidad, sin hablar ya del protocolo de Kioto sobre emisión de gases a la atmósfera.

Los rusos quisieran más inversiones en el desarrollo del sector energético, donde la mayor contribución europea son los 7.700 millones de dólares que la británica British Petroleum aportó a la creación de TNK-BP (la tercera empresa de Rusia) en el año 2003.

La Unión Europea no presiona por la privatización de oleoductos y gaseoductos en Rusia, sino por lograr unas "reglas claras de utilización de la infraestructura con unos peajes razonables y no discriminatorios y reciprocidad en los accesos al mercado", explica De Palacio. "Conseguir que las compañías europeas puedan participar en las explotaciones de gas o petróleo desde su origen" es una prioridad.

La Unión Europea y Rusia estudian la sincronización de sus redes eléctricas y Rusia es el mayor abastecedor de material de fisión a la Unión, gracias a las centrales nucleares de tecnología soviética que han pasado al espacio comunitario con la ampliación, como es el caso de la lituana de Ignalina. Sin embargo, ni en Moscú ni en Bruselas se apuesta a una sola carta en un mercado energético sometido a grandes presiones políticas y conflictos, como es el caso de Oriente Próximo: Moscú explora la ruta a China o a Estados Unidos, dos grandes mercados potenciales, y la Unión Europea busca rutas de transporte alternativas por el mar Caspio y por los países árabes.

"Sería un error que Rusia fuera el único vector de aprovisionamiento", opina De Palacio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004

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