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OPINIÓN DEL LECTOR

Prohibidos a peatones

Cuando Madrid adecenta sus socavones y obras para estar preparado para la boda real, en algunos barrios de Madrid continúa el caos de obras, y en algún caso se da la paradoja de que esas obras no sólo coartan la circulación vial; también imposibilitan el acceso a las aceras de los peatones. Me estoy refiriendo al cruce de Emilio Muñoz con Miguel Yuste, más concretamente en la subida a la rotonda de Arcentales.

Desde hace unos meses se está construyendo un parking en lo que eran unas canchas deportivas. Se ha montado una cerca metálica que no sólo invade la acera; también un carril de la calzada, pasando de una vía que tenía dos carriles a uno por sentido, por lo que no se ha dejado el reglamentario paso peatonal entre obra y vía. No sólo esto; además, hay dos pasos de cebra, uno en Miguel Yuste dirección a Arcentales y otro en Emilio Muñoz esquina con Miguel Yuste. Se da la paradoja que en los dos pasos de cebra se han montado señales de prohibido el paso a peatones; sí, ha leído bien el lector, a peatones. Así, el ciudadano que se apee en la cercana parada del 28 en Emilio Muñoz y quiera ir a Miguel Yuste, no podrá cruzar, pues tendría que bordear parte de la obra y meterse en la calzada, y, además, han montado una valla en el lado opuesto amarrada al semáforo. En el caso de venir desde la zona de Cronos andando por el lateral de Emilio Muñoz, tendría que ingeniárselas y no infringir la prohibición del acceso a peatones. Claro está que no hay otros pasos de cebra alternativos o provisionales; usted pase por la mitad del peligroso cruce, y a tener valor y mucha suerte.

Pues nada, señor Ruiz-Gallardón, creo que con la implantación de señales y vallas en los pasos de peatones para prohibir el paso de peatones ya me queda poco por ver. Al margen de que intentar ir paseando desde ese punto a Hermanos García Noblejas es un preparatorio para las Olimpiadas de 2012; lo digo por el constante salto de obstáculos que el viandante debe realizar para llegar a su destino. Qué lastima que por la mayoría de los barrios no pase la boda real; así, por lo menos, acabarían con los miles y miles de prospecciones arqueológicas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004