Pongo en su conocimiento la tropelía que con arteras mañas se está cometiendo contra la ciudad de Madrid, contra sus vecinos y contra el sentido común. El parque infantil de la avenida de Portugal, 101 D, remanso de paz y tranquilidad desde hace 50 años, en que se construyó, está sufriendo un atentado urbanístico que lo ha llevado al borde de la desaparición. Lo adorna un mural artístico de azulejería; limita al sur con la antigua tapia de la Casa de Campo que mandó levantar Sabatini y una docena de árboles que le dan sombra y alegría.
El Ayuntamiento lo tiene catalogado en el Plan General de Urbanismo como zona verde básica. Los vecinos, como los antiguos sefardíes, todavía conservamos las llaves que nos permitían entrar, pero han arrancado las puertas sustituyéndolas por otras de brillantes cerrojos que nos impiden ser lo que éramos. El uso, la utilización y la conservación del parque durante 50 años han caído en el saco roto de las reclamaciones. Lo que presentíamos se ha consumado. Han destrozado el Edén. Se acabaron los paseos. Han abierto zanjas. Han derribado paredes. Están cercando el entorno con mallas metálicas con alambre de espino. Madrid tendrá brevemente el indigno honor de permitir que se cambie un oasis por un almacén de contenedores contaminantes.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004