España ha vuelto a mirar a Europa, y concretamente a Francia. Ya se habla de hacer una ley de protección del cine español similar a la francesa; pues bien, puestos a copiar, no olvidemos que esa ley está enmarcada dentro de otra más general, aplicable en todo el territorio francés, y que tiene por objetivo proteger a la lengua francesa. Copiémosla entera.
Puestos a copiar, copiemos el sistema educativo francés, basado en el esfuerzo, el rigor y el razonamiento, y ya que tanto nos gusta copiar, copiemos también la forma que tienen nuestros vecinos de proteger sus productos agrícolas, y, ¿por qué no?, copiemos también de su Código Penal aquellas leyes que, sin complejos democráticos, condenan a criminales execrables a cadena perpetua, revisable, o que permiten poner en un avión con rumbo a África a un imam que dice que a veces es conveniente pegar a las mujeres.
Copiemos también los horarios laborales que permiten a los padres pasar más tiempo con sus hijos y el laicismo que, aunque saque la religión de las escuelas, exige el mismo respeto para todas las religiones, la católica incluida. Claro que, todo sería una burda copia, una falsificación, si no se copia además el orgullo que los franceses sienten por su país, eso que nosotros llamamos despectivamente chauvinismo, y la falta de complejos para tomar decisiones que en este país serían calificadas de fascistas. Aquí, hasta para no pronunciar el nombre de España, muchos se van por las ramas y hablan del Estado español pluricultural.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004