Al árbol de Gernika no le ha matado un hongo, tal y como nos han dicho. Ni siquiera lo han matado las altas temperaturas, como nos han apuntado. Al árbol de Gernika lo han matado de tanto agitarlo, de tanto sacudirlo unos para recoger las nueces otros. Veinte años de mover el árbol para recoger sus frutos son demasiados para este roble que hoy toca a su fin. Ahora, con los cestos llenos de nueces, pero aún con un hambre insaciable, plantarán otro. Y unos seguirán moviendolo. Y otros recogiendo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004