Se sabe que el guerrero suicida es irreprimible. Los vengadores de esta guerra no son los primeros, y se les llama kamikazes por algunos japoneses en la guerra pasada. Pienso igual de los que se llaman, muy mal, "crímenes domésticos" o "de género": los crímenes no están domesticados, y el género es más de gramática que de vida. Se quiere evitar decir que son de hombres contra mujeres, porque equivaldría a poner muy en duda la forma de las relaciones actuales, la estructura de la familia, y habría que buscar el fondo de la cuestión. Quiero decir que este tipo de asesinato de esposa (uxoricidio, parricidio) no se va a evitar con más cárcel, más policía, más seguimiento: el suicida, o el que se entrega a la autoridad, es como el de guerra: imparable. Alguna vez he recomendado a los maridos sulfurados que se suiciden sin matar: a matarse tienen derecho; a matar, no. Naturalmente, no están sus ánimos para leerme, y menos para atenderme: les mueve otra cosa. En esa "otra cosa" no creo de ninguna manera, como no creo en la del sarraceno mártir. Éstos creen que están al servicio de una causa superior y que el cielo los premiará; los otros que son víctimas de una injusticia de sexo, sea por el honor, la honra, la sensación de traición, incluso la pérdida de las inversiones de su vida por una forma de castigo al hombre que se fijó en las leyes de divorcio. Son viejas creencias juntas: honor y patria, familia cristiana, sensación de elegido: como su pueblo, su patria; pero también por un sexo que se cree eternamente superior en todas las culturas históricas basadas en la primacía de la fuerza.
Desgraciadamente, las ideas de igualdad de derechos, de propiedad del cuerpo, de nuevo sentido de la familia, de honor cambiante y de moral según nuevos conceptos no se han extendido de la misma manera que el feminismo práctico: salarios, acceso a empleos, comportamientos, defensa frente al acoso. El progreso de una parte de las costumbres no ha vencido el retraso de otras ideologías fantásticas y opresoras. No basta con tener tantas ministras como ministros, ni siquiera con abolir la ley de educación que mantiene morales obsoletas. Ni con pulseras sonoras, contactos inalámbricos, guardias en la esquina. Ha de ser fruto de una educación fuerte y libre. Es difícil: pero rendirá mucho más.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2004