En menos de dos días, en la confusión de una batalla de la guerra civil norteamericana, un hombre joven y aturdido vive el tránsito de la adolescencia a la vida adulta y descubre una desconcertante verdad acerca de sí mismo: que es un cobarde, y también que es un valiente, y que ni la cobardía ni el coraje tienen nada que ver con la propia voluntad, sino con un azar de orden más bien fisiológico, tan impredecible como los avatares de una tormenta, o los de una batalla. Henry Fleming, el protagonista de esta historia, es idéntico en apariencia a tantos adolescentes que se asoman al mundo en las novelas, a Jim Hawkins, al capitán de 15 años de Verne, al Fabrice del Dongo de Stendhal, al joven Telémaco, que es sin duda el primero de todos, igual que la Odisea es la primera novela de aventuras, y la primera novela.
Quizá lo que hizo para dibujar el retrato de su héroe fue mirar dentro de sí mismo
Stephen Crane escribió su novela mucho antes de pisar un campo de batalla
Como Jim Hawkins, Henry Fleming ha vivido con su madre en un lugar apartado, ignorante del mundo exterior y deseoso de viajar hacia él; como Fabrice del Dongo, ha sentido la llamada del heroísmo lejano y romántico de la guerra y ha decidido unirse al ejército más por el instinto adolescente de escapar de casa e ingresar en la vida verdadera y adulta que por ambición de gloria, o por convicciones de orden político o moral, que le son ajenas. Pero Fleming es más ansioso que Hawkins, y mucho más inseguro que Fabrice, y tiene una precoz capacidad de reflexión que los otros no conocen, una propensión a interrogarse angustiosamente acerca de sí mismo, y de lo que le parece más perentorio saber una vez que ha vestido el uniforme: ¿tendrá valor o será cobarde cuando llegue el momento de la verdad, cuando se encuentre cara a cara con la cercanía inmediata de la muerte?
Las sensaciones del joven soldado, la parálisis del miedo físico, el horror y la indiferencia de la matanza, la confusa irrealidad de la batalla: todo es tan poderoso, tan preciso, en El rojo emblema del valor, que uno le atribuye fácilmente esa veracidad que sólo tienen las experiencias vividas en primera persona. La descripción de la guerra es tan detallada como en Guerra y paz o La Cartuja de Parma, pero Stephen Crane, a diferencia de Stendhal y de Tólstoi, escribió su novela mucho antes de pisar un campo de batalla. Nació en 1871, seis años después del final de la guerra civil en su país. Asistió como corresponsal en 1898 a la guerra de Cuba y a la greco-turca, pero por entonces ya hacía tres años que había publicado con éxito su gran novela bélica, demostrando así que muchas veces la literatura alcanza la verdad no a través del testimonio sino de la adivinación. Viejos veteranos de la guerra civil le felicitaban por el detallismo y la veracidad de sus descripciones: quizás lo que hizo Crane para dibujar el retrato de su héroe fue mirar dentro de sí mismo, aprender de su propio miedo y de sus incertidumbres ante la vida real, y también empaparse ansiosamente de los testimonios orales de otros, y leer con cuidado y provecho la gran literatura: la embriaguez con que el soldado joven avanza a pecho descubierto hacia el enemigo y su descubrimiento de que a pesar de la batalla la naturaleza conserva una belleza indiferente nos recuerdan al príncipe Volkonski en Guerra y paz. El desorden de las percepciones fragmentarias, el caos de humo, caballos despavoridos, barro, disparos, gente que aparece y desaparece, están ya en el modo en que Stendhal cuenta la batalla de Waterloo, o más bien deja de contarla, porque una batalla -lo aprende uno en las mejores novelas, en las memorias de guerra- no es ese espectáculo inteligible que se ve a veces en los cuadros o en las películas, y que narran los libros de historia, sino una confusión de muerte y desorden en la que todo depende del azar y en la que los seres humanos se ven molturados como briznas fútiles de hierba seca en la espiral de un remolino. Perdido en los episodios de una batalla sin nombre, en los bosques y las ciénagas de Virginia, entre fogonazos de disparos de fusiles y retumbar de cañonazos, un hombre joven alcanza la vida adulta y el conocimiento, y aprende que, en el fondo, su valor o su cobardía dan exactamente igual, que no es nada ni es nadie frente a la gran bestia roja de la guerra.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de mayo de 2004