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57º FESTIVAL DE CANNES

Lucrecia Martel: "Siento placer por lo indefinido"

"La salud y la religiosidad son ambas una visión muy fragmentada del cuerpo humano. Pero creo mucho más en la hepatitis y la fiebre que en la inocencia. De hecho, no creo en la inocencia o en la culpabilidad, me parecen productos de la moral que no tienen nada que ver con el ser humano". Lucrecia Martel considera muy útil esta visión personal en su narrativa, y, con la misma convicción, la ha impregnado en su segundo largometraje, La niña santa, presentado ayer en concurso.

La cinta, coproducida por El Deseo, narra las vivencias y conflictos existenciales de una adolescente que habita en un lugar del norte argentino. Amalia, encarnada por la debutante María Alché, se cuestiona, en medio de un ambiente religioso, su vocación en la vida cuando cree descubrir que su misión es salvar a un hombre casado que la acosa accidentalmente en la calle. La joven vive con su madre divorciada, administradora de un hotel termal donde se lleva a cabo un congreso médico. Las situaciones se desencadenan cuando la madre se siente atraída por la misma persona que acosó a su hija. "No pienso que mi película trate sobre el bien y el mal, más bien creo que habla de su inutilidad y de las dificultades para distinguirlos".

Martel revive en sus filmes recuerdos y anécdotas de su adolescencia en la provincia de Salta y el fervor católico de entonces, pero sus relatos no son necesariamente autobiográficos. A sus 37 años, y con sólo dos películas (La ciénaga significó su consagración inmediata y su destacada incursión entre los nombres clave del llamado Nuevo Cine Argentino), puede hablarse ya de un estilo propio de Lucrecia Martel. "Quiero hacer un cine que cuestione la idea de la realidad. Siento placer por lo indefinido. Es inherente a mí. Creo que encontré un camino por donde ir, y eso es lo que hago", explica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de mayo de 2004