Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
UN PAÍS DE CINE 2

'Divinas palabras', Valle-Inclán según J. L. García Sánchez

EL PAÍS ofrece, por 1,95 euros, la adaptación cinematográfica de la obra teatral

En 1987, José Luis García Sánchez realizó Divinas palabras, una de las geniales comedias bárbaras de Valle-Inclán, autor que, pese a las dificultades de su barroco concepto del mundo y la exuberancia de su lenguaje, ha sido uno de los más adaptados al cine. Con un reparto sólido, un excelente equipo técnico y una consciente libertad de traslación, el realizador consiguió una gran versión cinematográfica.

Escrita y publicada en 1920 y no estrenada hasta 1933, Divinas palabras forma parte de las comedias bárbaras de Valle-Inclán, pero es ya tan esperpento como Luces de bohemia, fechada en el mismo año. "Obra pasional, violenta y fuerte", en palabras de Haro Tecglen, que Pérez Minik amplió diciendo que "es difícil encontrar en todo el teatro europeo de todos los tiempos una obra más negra y atrevida. Tiene algo de romance de ciego, mucho también de juego espectacular de escarnio, y está como instrumentada con música de feria, con su tambor, platillos y cornetín de pistón... Danza de muerte, danza de lujuria y de avaricia, danza de lo irracional en la médula de la humanidad y de su historia".

"Es un verdadero espectáculo; a veces hermoso, siempre feroz y desgarrado"

Las adaptaciones cinematográficas de Valle-Inclán han solido decepcionar al considerarse que el mundo mítico del autor, su riqueza de lenguaje, sus evocaciones, su retrato de España a través del esperpento, su furia política, son intraducibles en el naturalismo de la narración cinematográfica clásica. El cine español se ha acercado a Valle en varias ocasiones: Sonatas, de Bardem, 1959; Flor de santidad, de Marsillach, 1973; Beatriz, de Gonzalo Suárez, 1976; Luces de bohemia, de Miguel Ángel Díez, 1985; y tras Divinas palabras, 1987, otra adaptación de José Luis García Sánchez, Tirano Banderas, en 1994... García Sánchez entiende las razones para esa posible decepción: "Es mucho mejor la obra de Valle que sus películas, siempre es mejor la literatura grande que el cine, porque el lector tiene una relación de tú a tú con la obra y construye sus imágenes propias, que luego no suelen coincidir con las que aparecen en la pantalla". Sin embargo, el autor considera que esta "versión libre" de Divinas palabras "es una curiosa película que abre la posibilidad de acceder a la obra de Valle a través del cine". Enrique Llovet, coguionista junto a Abad de Santillán, declaró: "Hemos intentado popularizar el lenguaje de Valle trasladándolo al lenguaje fluido del cine, pero siempre con el libro en la mano".

Galicia, años veinte. Ante la ausencia del cura del pueblo, el sacristán Pedro Gailo (Paco Rabal) asume sus funciones. Su bella esposa es Mari Gaila (Ana Belén), mal avenida con su cuñada Marica del Reino (Aurora Bautista), a la que disputa la custodia de Laureaniño, un huérfano hidrocéfalo al que muestra como atracción por las ferias de los pueblos en compañía de la espabilada Rosa la Tatula (Esperanza Roy), rodeadas ambas de peregrinos, pordioseros, mendigos, farsantes y mentirosos... Entre ellos, Séptimo Miau, un rufián seductor (Imanol Arias), cuyo encuentro con Mari Gaila es favorecido por Miguelín el Padrones (Juan Echanove)...

Divinas palabras se presentó en el Festival de Venecia de 1987, donde, según Rodríguez Marchante en Abc, "obtuvo durante su proyección un desacostumbrado aplauso del público", lo que, en opinión de Octavi Martí en EL PAÍS, fue un premio a que "estas Divinas palabras cinematográficas estén planteadas desde la fidelidad a la obra literaria, aunque procurando eludir la teatralidad y buscando la mayor carga de realismo y espectáculo posibles. Es una opción muy respetable y tan lícita como cualquier otra. Lo que cuenta es que la película alcanza sus objetivos; que es un verdadero espectáculo, a veces hermoso, siempre feroz y desgarrado; que la Galicia de tullidos, capellanes, campesinos incultos, es una imagen tremenda, una mezcla extraña y difícil de horror y humor". José Luis Guarner en La Vanguar dia valoró el acierto de la adaptación: "No ha pretendido mirar a Valle-Inclán con gafas materialistas dialécticas, ni hacer positivos a sus personajes. El difícil gambito jugado por García Sánchez en esta película era el de hallar un compromiso entre la ferocidad del esperpento valleinclanesco, con su denuncia airada de la explotación de un infeliz hidrocéfalo como monstruo de feria y la sumisión ignorante del campesinado gallego de 1920 al latín eclesiástico, y las exigencias de una producción de prestigio con estrellas y varias canciones como vehículo para Ana Belén, productora de la película con su marido, Víctor Manuel".

Según Francisco Marinero en Diario 16, Ana Belén es una "aparición resplandeciente entre mujeres enlutadas, hombres embrutecidos, pordioseros y lisiados". Sin embargo, el que Ana Belén interpretara en la película algunas canciones fue, a juicio de Octavi Martí, algo innecesario, "un error solventable". Francisco Marinero, por su parte, fue más allá al entender que García Sánchez había tratado a la actriz "como una heroína", cuando en realidad "Mari Gaila es tan víctima del mundo en que vive como los demás personajes, pero su aspecto en la pantalla hace que parezca más conmovedora, cuando es como los demás, dura y codiciosa, hipócrita y mezquina...".

Sobre la secuencia final en la que Mari Gaila muestra su cuerpo desnudo ante el pueblo, lo que a algunos resultó polémico, Pedro Miguel Lamet comentó en Reseña que "tiene sobriedad y riqueza interna" al reunir en un coro al "redentor de chirigota, el sacerdote que no lo es, la prostituta virgen, el ángel deforme, la cristiandad abandonada, el Dios oculto de los miserables y mil matices más que están presentes en ese colofón de la tragedia". Divinas palabras obtuvo tres premios Goya en 1987: mejor actor de reparto, Juan Echanove; mejor fotografía, Fernando Arribas; mejor montaje, Pablo G. del Amo. "Lo mejor, pues, de Divinas palabras", según Marinero, "es el esmero formal del espectáculo, desde los decorados y vestuarios a la fotografía, pasando por la composición de algunos planos, que sacan todo el provecho del cinemascope, y por la conversión de los actores en figuras pictóricas. Cada imagen está elaborada meticulosamente".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de mayo de 2004