El autor del famoso tango Fumando espero no habría podido escribir sus versos si hubiera vivido en Noruega. Entre protestas y resignación, los noruegos viven su cuarto día de entrada en vigencia de la ley que prohíbe fumar en bares y restaurantes, y ahora sólo queda el debate de los partidarios y detractores de la medida. Que la ley se hizo para cumplirla lo pudo comprobar sobre el terreno un periodista del diario sueco Aftonbladet que, tras un almuerzo copioso en un distinguido bar de la calle principal de Oslo, encendió un puro. No habían transcurridos más que segundos cuando el jefe de los camareros se acercó y le informó de que estaba incurriendo en un delito. Y le dio a elegir: apagar el cigarro o abandonar el local. Si el cliente rechaza estas dos opciones, no queda otro remedio que llamar a la policía. Para Pia Theresa Bakke, empleada del restaurante, la medida es bienvenida. "Qué alegría", manifestó, "no tener que poner las ropas impregnadas de olor a tabaco en la lavadora cada vez que vuelvo del trabajo". La ministra de Sanidad, Dagfinn Höybråten, fue una de las primeras clientas en disfrutar de un almuerzo libre de humo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de junio de 2004