La nueva colección de platos del restaurante El Bulli correspondientes a esta primavera / verano 2004 potencia en grado superlativo las características culinarias de Ferran Adrià y su portentoso equipo. Con la ayuda de su hermano Albert (un genio en la sombra) y los profesionales que apoyan sus proyectos, jóvenes con más aire de científicos que de nuevos cocineros, la estrella catalana deslumbra y divierte como nunca hasta ahora. Desde un punto de vista culinario no parece que en el futuro pueda llegar más lejos. A su habitual puesta en escena, en la que confluyen sentido del humor, magia y perfeccionismo, se suman este año mensajes de sensibilidad y muchas provocaciones para los sentidos. Y también técnicas nuevas, esas que asombran al mundo y ayudan a prosperar a la cocina española. A lo largo de las 30-32 tapas que componen su menú, Adrià reta al paladar con sensaciones insólitas. Bocaditos que parecen prototipos de grandes raciones, esquemas de platos originales, texturas insólitas, esbozos aromáticos, insolencias gastronómicas, efectos especiales y trampantojos jocosos contribuyen a una fiesta difícil de evaluar con criterios convencionales.
Muchas de sus tapas se toman con los dedos (finger food), como sucede con la leche eléctrica que hace vibrar los labios, o el bocadillo de falso tartufo, la trufa de pistacho, el lazo de remolacha, la mantequilla de coco ahumada y la oreja crujiente de conejo. Adrià no ignora que el contacto con los alimentos acentúa la sensualidad de la degustación y potencia la carga olfativa. En otros casos recurre a pinzas, a cucharitas minúsculas y a utensilios de diseño. Adminículos con los que se paladean las fresas con mayonesa de nueces, las cortezas de cerdo con mentol, las nubes de palomitas y las falsas espardeñas con sésamo y flor de yuzu, un homenaje a Japón y a su cultura gastronómica. Entre los platos de mayor envergadura, más de lo mismo. Con el huevo de espárragos, propuesta genial, Adrià engaña a la vista. Igual que con las morillas en escabeche, que parecen pimientos verdes. Su ajo blanco 2004 convierte la receta malagueña en una delicada bola de aire, entre suave, fría y crujiente. Las gambas al natural demuestran la increíble gustosidad de las cosas sencillas. Y los macarrones con saúco y setas, el mérito de las texturas perfectas.
En El Bulli no se suelen desear los postres porque casi todas sus sugerencias tienen acentos dulces. Se trata de una vieja apuesta de Adrià, que, muy proclive a la comida china, defiende la integración de sensaciones saladas, ácidas, amargas y dulces. Aun así, el genio repostero de Albert se deja entrever en la tortilla de leche y en la sopa de letras, divertida composición que sabe a chicle Bazoka. Al final, junto con la factura, la casa entrega a cada comensal un guante blanco de látex inflado en señal de despedida. Por la sala, la figura inteligente de Juli Soler, socio de Adrià, que lo supervisa todo. Lamentablemente, ni siquiera aguardando una lista de espera de varios años hay garantías de conseguir mesa en El Bulli.
- El Bulli. Cala Montjoi. Roses (Girona). Teléfono 972 15 04 57. Web: www.elbulli.com. El restaurante abre cada año del 1 de abril al 30 de septiembre. Sólo cenas (hasta finales de junio, cierra lunes y martes). Menú, 135 (IVA y vinos aparte).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de junio de 2004