El linchamiento al que se ha visto sometida la juez decana de Barcelona por advertir de las falsas denuncias de malos tratos a cargo de algunas mujeres -¡que haberlas, hailas!- para beneficiarse en sus sentencias de separación matrimonial, sólo obedece a una obcecada animadversión que impide considerar la posibilidad de que el varón, por el mero hecho de serlo, pueda ser inocente.
La valiente actitud de la magistrada en su intento de separar el grano de la paja, lejos de minimizar el drama de la mujer maltratada, pretende evitar la impunidad de las denuncias falsas que atentan contra la dignidad de la persona difamada, con gravísimo daño para los hijos, y que en nada contribuyen a defender la causa de las verdaderas víctimas de la barbarie machista. Porque en eso consiste precisamente la verdadera justicia: poner a cada cual en el lugar que le corresponde, sin prejuzgar a nadie por su condición biológica, varones incluidos. Lo demás, se pongan como se pongan, es sexismo puro y duro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2004