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IDA y VUELTA

La canallesca

En las películas, los periodistas suelen ser unos tipos que beben mucho y que se olvidan de la fiesta de cumpleaños de sus hijos. Si son mujeres, también suelen beber lo suyo, no tienen tiempo para engendrar los hijos de cuyas fiestas de cumpleaños se olvidarían y, cuando llegan a su apartamento, se quitan los zapatos, se hunden en un sillón, aprietan la tecla del contestador y escuchan los mensajes de madres preocupadas, hermanas entrañables y candidatos a novios que, pese a todo, insisten en invitarlas a salir.

El periodismo real es otra cosa, aunque los tópicos popularizados por el cine son bastante verosímiles. Por cierto, me encantan las películas de periodistas, sobre todo las que transcurren en Washington o Nueva York, con esos bares de madera noble y camareros eficaces en los que los cofrades de la canallesca alternan con abogados influyentes y otros poderes fácticos y corruptos a los que acaban tendiendo trampas a través de micrófonos ocultos. He tenido la suerte de conocer a muchos periodistas y estoy en condiciones de afirmar que, como ocurre en otros gremios, algunos son grandes bebedores sometidos a un horario que dificulta tremendamente unas relaciones familiares y personales estables. A veces, cuando terminan su jornada, todavía les quedan fuerzas para ir a tomar una copa, que suelen acabar siendo dos o tres, y que actúan de reparadora pócima de descompresión. Entonces el periodismo se libera del corsé de la deontología y aflora esa adictiva maledicencia que tanto enriquece las veladas. De todas las especialidades del periodismo, me encanta la deportiva, que cuenta con un ejército de profesionales, marginados por la gloria, de los que se puede llegar a aprender mucho. A los periodistas culturales los compadezco por lo mucho que tienen que soportar: entrevistar a escritores ávidos de manifiestos, cineastas, pintores o músicos en promoción (Philippe Rouen, el amigo que me hizo descubrir los artículos del crítico de rock Lester Bangs, siempre tiene a mano una frase cruel, de Frank Zappa, sobre este sector de la profesión: "El periodismo de rock es gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer"). En todos los oficios hay héroes y villanos, y el glamour cinematográfico de la canallesca debemos atribuirlo al suspense que acompaña una investigación o la simple redacción de una crónica. También están en contacto con conflictos morales muy resultones narrativamente: el peligro de la censura, la tentación del soborno, la amenaza de buscar un atajo que salve el conducto reglamentario y la estresante cuenta atrás que supone la hora de cierre o la cada vez más angustiosa dependencia tecnológica. Es, además, una profesión que se presta a la adulación interesada y que fomenta relaciones basadas, a menudo, en una mutua, sincera y cordial desconfianza. A veces, uno llega a comprender a los que se vuelven locos, paranoicos o más cínicos de lo estrictamente saludable. Eso tampoco es nuevo. En el siglo XIX, en su corrosivo libro El arte de medrar, escrito en la cárcel, Maurice Joly recomendaba a los periodistas: "Adoptad el papel del que arremete contra los prejuicios. Tratad los temas a contrapelo, sostened lo contrario de lo que defienden todos los demás. Buscad el contraste, la paradoja, lo excéntrico. Buscad puntos de vista fuera del centro de gravedad de la política. Inventad nociones estrambóticas para las finanzas, la guerra, la arquitectura (...) Embarullad las cuestiones, cambiad las relaciones, amalgamad, confundidlo todo. No hay nada mejor para tener una visión más clara".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2004