COMO TE LO DIGO. Que he tenido que cambiar el número de teléfono. Porque esto era un sinvivir. El lunes (Dios mediante) llamaron unas diez personas -a horas que yo calificaría de intempestivas- para preguntarme cuánto me había costado el abrigo de la reina Noor. Entre esas personas había intelectuales de reconocido prestigio, actores de fama internacional (Javier Cámara), periodistas de investigación (Ruiz Mantilla, Carlos Ferrando, Alicia Senovilla, Karmele Merchante, José Mari Izquierdo...), estrellas mediáticas como Teresa Campos (no me llamó, pero dijo por la tele que me llamaría, y desde entonces no me he movido del teléfono), y eso dejando aparte camareros, el del quiosco de prensa (que no para de darle la brasa a mi santo) y familiares con los que yo no hablaba desde que me casé. A algunos de esos familiares, por cierto, ni los he vuelto a ver porque fueron contando por ahí que en el convite de mi enlace se pasó hambre. Y eso duele. Algunos decían incluso que después de salir del convite tuvieron que irse a un bar de la plaza Mayor a comerse un bocata de calamares. Me lo dijeron mis hermanos, que se los encontraron allí. Por cierto, ahora que lo pienso, ¿qué hacían mis hermanos en dicho bar? En mi familia es que hay gente de otra época, en mi familia no entienden la frugalidad culinaria, en mi familia (y no es por criticar) era costumbre de siempre que cuando ibas a ir, por ejemplo, a una boda en domingo, ya el viernes por la tarde dejaras de comer a fin de hacer sitio en el estómago. Así que cuando llegabas al salón de banquetes te tirabas en plancha sobre el surtido de entremeses. De una familia así vengo yo. Por eso he salido como he salido. Así que cuando vi al presidente de Cantabria hablar con ese morro del hambre que había pasado en la boda me dio un vuelco el corazón porque se me representó talmente a un tío mío. En concreto, al que se comió el bocata después de mi convite. Convite que me costó un huevo de la cara, que todo hay que decirlo. Mi tío, que es de otra comunidad autónoma, piensa que la comida típica madrileña son los bocadillos de calamares y que los cerdos de Madrid nacen tal y como los exhiben en los restaurantes, con gafas y con una manzana en la boca. Y de ahí no le sacas, porque en mi familia tenemos el cerebro duro como esta piedra. Es genético. Y contra la genética no se puede luchar. Pero a lo que iba, que desde que se supo lo del dichoso abrigo, el teléfono no ha parado. Y no pienso decir lo que me costó, porque la memoria es selectiva y este tema se me ha borrado del disco duro. A mi santo, en cambio, le he pillado registrando entre las facturas a ver si da con el monto. Ya ves tú la factura. La factura se la está comiendo ahora mismo una rata en una alcantarilla de Manhattan porque yo tengo por norma tirar todas las facturas por las rendijas del alcantarillado. Por cierto, que en este último viaje a New Yol compramos un libro sobre las ratas de Manhattan, y mi santo lo lee fascinado a mi vera todas las noches. De pronto me da datos: "¿Sabes que por cada habitante de la Gran Manzana hay seis ratas?". De verdad te lo digo, esas preguntas, cuando estás a punto de pillar el sueño, te descomponen. Yo me hago a veces a mí misma otra pregunta dolorosa, pero no por ello menos interesante: "¿Hay vida después del matrimonio?". Con esta polémica del abrigo Noor me he dado cuenta de una cuestión reveladora: media España lee EL PAÍS y media España lee el Qué Me Dices, porque son los dos medios que se hicieron eco. Las dos Españas. También hay mentes esquizofrénicas como la mía que leen las dos publicaciones. Desde que salí en el Qué Me Dices, en mi peluquería se me tiene otro respeto. El caso es que llamé a Telefónica para que me cambiaran el número porque el teléfono sonaba hasta de madrugada. A uno que llamó a las tres le dije: "No pienso decir lo que costó aunque me maten". Hubo un momento de confusión porque lo que quería el que llamaba era hacerme un pedido de Cafés el Pozo. Es que en Telefónica son tan cachondos que te dan un número que ha pertenecido a una firma comercial y no te avisan. Y claro, yo, como de puro buena soy tonta, la primera vez tomé nota de un pedido de Cafés el Pozo que hacían desde Latinoamérica a las cinco de la madrugada, pero, oye, yo tengo una edad que el dormir mal te afecta incluso en tu rendimiento intelectual, y yo de rendimiento intelectual ya ando escasilla como para que me toquen las narices los consumidores de Cafés el Pozo. Así que llamo a Telefónica y al decirle mi nombre al señorito telefonista, me dice: "Señora Lindo, no quiero pecar de indiscreto, pero mi mujer, que trabaja en Perfumerías Juteco, no hace más que preguntarse cuánto le habrá costado a usted ese mítico abrigo". La verdad es que aún no he conseguido encontrar la relación entre el hecho de trabajar en Juteco y el querer saber el precio de mi abrigo. Claro que Rodríguez Rivero (por su cultural columna / famoso en el mundo entero), que es un entusiasta de Juteco, me llamó para preguntarme por el precio de mi gabán, con lo cual he deducido que a lo mejor es que en Juteco el asunto del abrigo es, a día de hoy, la comidilla. El único que sabe el precio es mi asesor fiscal. Me ha preguntado si el abrigo desgrava. Pero, hombre de Dios, cómo no va a desgravar si es una boda de Estado. Anda que la pregunta.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2004