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Editorial:

Enfriamiento en China

La economía china se ha convertido en la sexta mayor del mundo y una de las principales locomotoras del desarrollo global. Desde hace años mantiene tasas de crecimiento del PIB de cerca del 9%, con incrementos igualmente sorprendentes de la inversión -la materializada en activos fijos creció un 28% en 2003-, así como del consiguiente endeudamiento con un sistema bancario no del todo sano. Esa singular expansión contribuye de forma notable a la reactivación de las economías vecinas, como la de Japón. Una cuarta parte del aumento en el volumen de comercio internacional de 2003 se debió al empuje económico chino. A su condición de uno de los principales países exportadores del mundo -el año pasado sus ventas exteriores crecieron en un 35%- y gran destinatario de inversiones extranjeras, añade la de comprador de todo tipo de bienes y servicios, incluidas materias primas estratégicas como el petróleo. Y si esa primera condición derivada de su competitividad genera recelos y tentaciones proteccionistas, sobre todo en EE UU, la importancia de la segunda advierte de las consecuencias adversas mundiales que tendría la interrupción del ritmo de crecimiento de su economía o su enfriamiento.

Con unos muy bajos costes de producción, en especial del factor trabajo, Pekín se ha convertido en uno de los principales responsables del abultado déficit comercial estadounidense. Esas mismas ventajas competitivas están actuando como un imán para la inversión directa extranjera, incluida la deslocalización de empresas que se trasladan a China desde emplazamientos con costes más elevados. Al reforzamiento de esas ventajas contribuyen también las políticas públicas que limitan la libre fluctuación del tipo de cambio o las que tutelan en exceso el funcionamiento del sistema financiero. Actuaciones, éstas, que justifican parcialmente las continuas presiones estadounidenses para reducir el importante déficit comercial bilateral, reclamando de forma prioritaria la libre fluctuación de la moneda china, el yuan. Sobre ello deben ser, sin embargo, conscientes las autoridades norteamericanas de que la contrapartida de la completa flexibilización del tipo de cambio sería la disminución de las grandes reservas en dólares del banco central chino, hasta ahora materializadas en su mayor parte en esos títulos públicos que el Tesoro estadounidense necesita vender de manera continuada para financiar el otro déficit gemelo, el presupuestario, que está en niveles sin precedentes.

Pero la aplicación de presiones excesivas sobre las autoridades chinas, sobre todo en estas fechas en que se conmemora la represión de la plaza de Tiananmen de Pekín, el 4 de junio de 1989, donde murieron varios centenares de manifestantes en favor de la democracia, con actos como la concentración el pasado viernes de docenas de miles de ciudadanos en Hong Kong, podría tener las más graves consecuencias como serían las derivadas de la complicación y encarecimiento de la financiación del déficit fiscal norteamericano, lo que podría limitar gravemente el crecimiento económico mundial, y en especial el de Asia, en cuya recuperación ha influido decisivamente la magnitud de las importaciones chinas.

En el interés de todos está, por tanto, que esa economía lleve a cabo una suave transición hacia tasas de crecimiento más sostenibles a medio plazo. Más inteligente que las presiones determinadas por el recurrente proteccionismo de quienes sufren sus ventajas competitivas es procurar la integración de ese país en la gestión macroeconómica mundial, como se ha dado con el ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio, lo que permite vigilar el cumplimiento de sus obligaciones como socio de la institución. El tamaño de su economía -mayor que el de Canadá o Rusia- justificaría, de otro lado, la inclusión de Pekín en el G-8, pese a que la eficacia de este foro en una economía globalizada sea dudosa. Pero sí que facilitaría, en cualquier caso, el conocimiento de los riesgos debidos a ese vertiginoso crecimiento y la adopción de políticas compatibles con un suave aterrizaje y la estabilidad de la economía mundial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2004