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Tribuna:

Una resistencia liberal

Cada uno muere a solas con su muerte, siempre inconcebible e indescifrable, pero también -de manera consciente o no- como actor en el gran teatro del mundo, representante simbólico de una realidad a la que ha prestado su rostro. Es imposible, en este momento, no sentir la muerte de Umberto Agnelli -tras las muertes recientes de Gianni Agnelli, Bobbio, [el filósofo e historiador] Galante Garrone, Giulio Einaudi y otros grandes personajes turineses- como una nueva bandera que se iza a media asta sobre esta ciudad, que no sólo fue el crisol y la capital de la unificación de Italia, sino también una capital moral y cultural, la cantera de una modernización inspirada en grandes ideales cívicos, de una Italia libre y democrática que, como decía con amargura [el poeta] Biagio Marin, tal vez era "sólo una exigencia nuestra".

Esa Italia mejor, de la que Turín fue un gran laboratorio creativo, se basaba en el encuentro y la fusión -no carentes de conflictos, a veces dramáticos, pero a menudo fecundos y portadores de progreso- entre el mundo del trabajo, el de la política y el de la cultura. Este proceso de modernización no era una mera actualización tecnológica, sino, sobre todo, la extensión del progreso y las libertades civiles específicas, entendidas como auténticas posibilidades de desarrollo de la persona; era el diseño de una integración creciente y activa de las masas en una sociedad que se confiaba en que fuera cada vez más democrática y liberal. En este proceso, la Fiat tuvo un papel fundamental, tanto positivo como negativo, hasta el punto de identificarse -o presumir de que se identifica- con la ciudad; su hegemonía tuvo momentos difíciles, para Turín y para Italia, pero supo aprender de los enfrentamientos -a veces, duros- con el movimiento obrero y los sindicatos, y se estableció como modelo de un capitalismo abierto e ilustrado, elemento esencial y muro de sustentación en la vida de toda la comunidad nacional, que se añora más aún cuando se compara con la anarquía de cierto capitalismo salvaje actual, desprovisto de todo sentido de responsabilidad cívica y colectiva, e incapaz de distinguir entre patria y empresa. La muerte de Umberto Agnelli, que se encontraba al frente de una recuperación de la Fiat, corre peligro de hacer vacilar la imagen de la compañía y del mundo vinculado a ella, empezando por la ciudad.

Pocas ciudades han tenido una cultura tan rica, sólida, variada y creativa. La "Turín regia", heredera de un viejo Piamonte conservador, a veces más francés y saboyano que italiano, con su pronunciada racionalidad, llena de recovecos de sombra y extravagancias, y con su arquitectura "democrática e igualadora", como decía De Amicis, es, sobre todo, la "ciudad moderna de la Península, moderna y ciclópea" de la que escribía Gramsci, que la consideraba el centro organizador de una Italia emancipada gracias al encuentro entre el proletariado industrial y una clásica burguesía liberal abierta al progreso. Y [el intelectual de la Resistencia, Piero] Gobetti veía cómo la monarquía piamontesa del siglo XVIII, con sus reformas ilustradas, seguía viva y se plasmaba en la obra modernizadora de Cavour, el capitalismo empresarial liberal y los obreros de la Fiat, que constituirían su culminación.

Esta Turín, real y utópica, fue la capital del Risorgimento, el antifascismo y la resistencia; la cuna del liberalismo de Einaudi y de Gobetti; el lugar de diálogo entre la cultura liberal y la cultura obrera, así como de la decisión de integrar en el Estado italiano a las fuerzas e instancias proletarias y populares que se manifestaban, sobre todo, a través del PCI. Todo ello engendró una cultura extraordinaria, desde las editoriales -acordémonos de Einaudi, pero también de otras grandes entidades- hasta la universidad, esa universidad en la que tuve la suerte de estudiar, que me marcó para siempre y que reunía, en las enseñanzas de los grandes maestros, la severidad de una gloriosa tradición científica y académica con el rigor moral de una profesión de libertad que había hecho que un número proporcionalmente elevado de docentes se negaran, en su momento, a hacer el juramento fascista. La universidad era el centro palpitante de de la vida ciudadana y nacional, un terreno en el que nacían movimientos y fenómenos que, para bien y para mal, sacudían el país. A Turín, a su universidad y su ambiente de aquellos años, a su red de trabajo, afectos y amistades, debo fundamentalmente lo que soy. Si mi amor por Trieste es el amor a la familia de origen, mi amor por Turín es similar al amor a la familia que uno funda.

Esta cultura turinesa, durante mucho tiempo, fue hegemónica y no exenta de esa especie de presunción aristocrática que acompaña con facilidad a la conciencia de ser dominantes y representar el progreso; también la Fiat, a su manera, pecó de esa misma arrogancia en sus épocas de poder. Hoy esa cultura está en crisis, con las transformaciones objetivas de la sociedad italiana y occidental en general, con el eclipse de los sujetos tradicionales como el proletariado y la burguesía, con el predominio del capitalismo financiero sobre el industrial, y tantas otras cosas. Para defender verdaderamente sus mejores valores y su estilo, más necesarios que nunca en un clima de indiferencia escandalosa en el que todo parece intercambiable, esta cultura tendrá que saber hacerlo con métodos apropiados para las nuevas amenazas, en una nueva versión actualizada de la resistencia liberal. No es casual que los portavoces de la nueva cultura de las audiencias, que pone todo en el mismo plano para anular los valores capaces de poner en tela de juicio su dominio tambaleante, actúen tan a menudo movidos por un rencor sin límites hacia esa cultura turinesa que es lo opuesto a ellos, y no desperdicien ninguna ocasión de denigrar su tradición y a sus maestros. Non praevalebunt [no prevalecerán], está escrito. O, para citar un verso de [Guido] Gozzano, "a l'è question d' nen piessla..." [lo importante es no enfadarse].

Claudio Magris es escritor italiano. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © Claudio Magris, 2004.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2004