La llamada asignatura de religión o, mejor dicho, la asignatura de catolicismo, pasa en la actualidad por sus horas más bajas. Una vez derogadas la LOCE y las pretensiones de los obispos de imponer por la fuerza la moral y fe católicas, apostólicas y romanas al alumnado de colegios e institutos públicos de nuestro país, nos encontramos de nuevo con la problemática situación de esta pseudo asignatura.
Se trata, no lo olvidemos, de una asignatura que frente a la actual sociedad multicultural y llena de creencias y religiones diversas impone y se ocupa sólo de la doctrina y teología católica, de la cual aprovechan para proclamar que es la única y verdadera. Una asignatura sostenida con fondos públicos cuyos férreos contenidos programáticos y cuyos docentes mal pagados y casi espiados son escogidos "a dedo" por el obispo de turno.
Es también una asignatura que desde la escuela pública, al igual que siempre se ha hecho desde la privada, pretende adoctrinar a nuestros alumnas y alumnos sobre lo que la Conferencia Episcopal sentencia en contra del aborto, del matrimonio homosexual, de la eutanasia, de la investigación con células madre, etcétera.
Y todo esto ocurre en connivencia con el derecho básico a una educación laica tal y como se recoge en nuestra Constitución.
Frente a todo ello la sociedad reacciona: la asistencia a dichas clases ha bajado en seis puntos según los propios datos de la Conferencia Episcopal y se constata el amplio desinterés y el rechazo del alumnado a formar parte de una asignatura intolerante, intransigente e impuesta por la fuerza.
En mi modesta opinión el mejor sitio y el más natural para ejercer estas doctrinas es el propio templo y por lo tanto la obligatoriedad de su oferta por parte de los centros educativos debería cuando menos pasar a ser tan opcional como la decisión de los padres a que sus hijos reciban dicha clase.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de junio de 2004