La Ópera de Lyón se lanzó a la calle el pasado sábado convocando en su día O ( Opération Ópera Ouvert) a unas 10.000 personas entre talleres, paseos insólitos por las tripas ocultas del teatro y actuaciones de sus músicos y bailarines a cielo abierto, en un intento de acercar la ópera a la ciudad. De los 28 tipos de actos desplegados fue especialmente divertido el karaoke lírico y espectaculares las demostraciones de hip-hop o la soltura con la que los músicos de la orquesta interpretaban tangos, rock, zarzuela y pasodobles.
Para rematar la faena, la última ópera de Tan Dun, Tea, estrenada en Tokio en 2002 con dirección de escena de Pierre Audi. La Ópera de Amsterdam la repuso en Europa y ahora la de Lyón ha realizado una nueva producción con Stanislas Nordey, uno de los directores de moda. Como en Tokio, Tan Dun se ha hecho cargo de la dirección musical.
Tea
Música, libreto y dirección de Tan Dun. Orquesta y coro de la Ópera de Lyón. Puesta en espacio: Stanislas Nordey. Con Haijing Fu, Xiuying Li, Warren Mok, Haojiang Tian y Guang Yang. Lyón, 5 de junio.
El compositor chino encarna a las mil maravillas el intercambio musical entre Oriente y Occidente, entre músicas cultas y populares. Tan Dun es conocido por su contribución a películas de Ang Lee y Zhang Yimou, por su heterodoxa Sinfonía del milenio o por óperas como Marco Polo. Defendido por compositores tan dispares como Takemitsu, Cage o Henze, Tan Dun estrena este mes una obra en Berlín dirigida por Rattle y está preparando una ópera para el Metropolitan de Nueva York.
Tea es una obra fundamentalmente teatral. La melodía es de corte tradicional. Es intensa, comunicativa e impecable. La orquestación está llena de sorpresas y convive con un ritual sonoro asombroso a partir del agua, el papel y la cerámica que realizan tres chicas orientales en el escenario. Las huellas del teatro kabuki, nô o kyogen son evidentes, así como las de la declamación de cantos antiguos japoneses y tibetanos. Interpretativamente, todo se manifestó a un nivel colosal. El público reaccionó con un entusiasmo delirante, lo que demuestra que todavía hay caminos abiertos para el siglo XXI.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de junio de 2004