Habrá un texto más del imaginario político: la Constitución Europea. La vida es un género de ficción. Sus personajes vivimos y morimos según los designios de los autores: constituciones, estatutos, catecismos, ordenanzas. Y toda clase de códigos. Cada día, más: es una época en la que la gente se instituye y se constituye, forman asociaciones y entregan en el departamento correspondiente los reglamentos sobre los que se fundan y pretenden que los demás cumplamos. Hacemos lo posible. Muchos en la votación europea favorecerán a la izquierda -¿cuántos? La ventaja depende del periódico que se lea-, que es constitucionalista. La derecha, no. La idea de constitución es la de la oposición a cualquier autocracia. Los constitucionales ocuparon la izquierda. Cuando ese progreso avanzó, los del antiguo régimen pensaron que lo mejor era redactar ellos mismos la constitución, fingiéndose constitucionales, y así ganaban sin que se supiera. Dejaron que participaran otros en la redacción; y procuraron ser ellos quienes la aplicaran destruyendo su espíritu. Lo hicieron con tal destreza, usando los ensalmos con los que hicieron antes las religiones, que ahora los constitucionalistas se detienen antes de modificar los textos sensibles y los que creó la derecha y selló con pactos, que se han sacralizado. Cuidado con lo sagrado laico. Aunque sea progresista, es ultraconservador.
Constitución Europea: si la hicieran bien, debería servir para todos los países, anulando las nacionales. Pero ¿quién las anulará en este país, que algunos llaman aún España, si se han sacralizado textos, músicas, canciones propias en todas las regiones? Cierto que hay principios de corrección: en las elecciones del domingo hay un partido que se llama Galeusca, suma de Galicia-Euskadi-Cataluña. Unos esfuerzos más de adhesión y habremos vuelto a formar un país. Mejor si se llamara República Española, como era cuando empezaron los estatutos. Vendría bien una constitución para todos: con los principios de la Revolución Francesa, de la independencia de Estados Unidos, algo del primer texto imaginario de la ONU, mucho del marxismo-leninismo, no sé. Pero la Europa del capital no querrá, aunque la administre ella. Sola.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de junio de 2004