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Crítica:CRÍTICAS

Crueldad humana a través del arte

En el zurrón del arte contemporáneo caben desde un lienzo en blanco hasta un cadáver plastificado con la anatomía a la vista; desde un tubo fluorescente (encendido, por supuesto) hasta un grupo de inmigrantes escondidos (y, por tanto, invisibles) en el barrio madrileño de Lavapiés. ¿Arte o fraude? ¿Dónde está el límite? ¿Hay realmente un coto? Al director estadounidense Neil LaBute le interesa la polémica y reflexiona sobre ella en su nueva película, Por amor al arte, basada en su propia obra de teatro (representada el año pasado en España con dirección de Gerardo Vera y protagonismo de Maribel Verdú).

Puede que LaBute no sea un experto en arte, pero en lo que sí se le puede considerar un catedrático es en el estudio de la crueldad humana, la manipulación de la voluntad y las relaciones entre sexos. Ya lo demostró con destreza en las brutales En compañía de hombres (1997) y Amigos y vecinos (1998), sus dos primeras películas, verdaderos tratados sobre el manejo de los sentimientos. Ahora, después de dos filmes alejados de su particular estilo y escritos por mano ajena (la notable Persiguiendo a Betty y la aceptable Posesión), LaBute regresa a su territorio más conocido, ése en el que no está bien visto ser una persona encantadora, ser buena gente, en el que lo que prima es ser como mínimo un borde y como máximo un canalla.

POR AMOR AL ARTE

Dirección: Neil LaBute. Intérpretes: Paul Rudd, Rachel Weisz, Gretchen Mol, Fred Weller. Género: drama. EE UU, 2003. Duración: 96 minutos.

El autor lo hace a través de la relación entre dos parejas; la primera formada por una astuta estudiante de Bellas Artes y un tímido vigilante de museo, y la segunda, por dos jóvenes de apariencia conservadora con, en principio, una limitada capacidad para la apertura mental. Cuatro únicos personajes (no hay un solo secundario en toda la película) que conforman la historia mediante sucesivas conversaciones separadas por efectivas transiciones musicales con fragmentos de canciones de Elvis Costello. A LaBute no le preocupa que su cine parezca por momentos teatro filmado. Eso ya le pasaba a En compañía de hombres, con una estructura narrativa también basada en continuas batallas dialécticas, y no por ello dejaba de ser una gran película.

Lo que ocurre es que el texto de sus dos primeros filmes era mejor que el de Por amor al arte. Si exceptuamos la monstruosa y deslumbrante traca final que esconde la historia, el resto es interesante pero no majestuoso. LaBute, evidentemente influido por el David Mamet de Oleanna y Glengarry Glen Ross, sigue teniendo talento para dibujar personajes odiosos sin resultar maniqueo. Sus animales contemporáneos se manifiestan con total cercanía. Son, como decía el título de su segunda salvajada, nada menos que nuestros amigos y vecinos. El cínico LaBute nos escupe a la cara lo que piensa del género humano, nos demuestra a cada paso que ha estudiado a Hobbes y, al mismo tiempo, que ha hecho un cursillo acelerado sobre la obra de Maquiavelo.

Sin embargo, el director no ha podido contar esta vez con Aaron Eckhart, su actor fetiche, que suele dar a sus personajes una deleznable mezcla de atracción y repulsión. Para interpretar a la ambiciosa escultora que maneja los hilos, LaBute ha acudido a la británica Rachel Weisz, de la que quizá se echa en falta una mayor frialdad en su actuación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de junio de 2004