Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:LA MÁQUINA DEL TIEMPO | TOUR 2004 | Tercera etapa

Al cuerpo le duelen las caídas

Si algo temen los ciclistas en estas primeras etapas, es sufrir una caída. Ya hemos visto algunas. No es de extrañar, pues a estas alturas los corredores aún se sienten fuertes y frescos y todos quieren rodar lo más adelante posible en unas carreteras demasiado estrechas...y adoquinadas, como ayer.

En el peor de los casos, las caídas producen fracturas óseas. Las más frecuentes son las fracturas de clavícula, un hueso que a menudo se lleva la peor parte del impacto. Salvo en casos rarísimos, como el de Hamilton el año pasado, que aguantó todo el Tour con la clavícula rota, este tipo de fracturas obligan al ciclista, como a Marco Velo ayer, a abandonar la carrera. Muchas veces, incluso, a pasar por el quirófano.

Con fractura o sin ella, lo normal es que el roce con el asfalto produzca importantes abrasiones en la piel: superficiales, las más de veces, o bastante profundas, en otras, llegando a dejar la grasa subcutánea u otros tejidos al descubierto. Pero siempre muy dolorosas. Tanto como para alterar una de las claves de las pruebas por etapas: la recuperación día a día. El ciclista no descansa bien. Por ejemplo, es imposible dormir sobre un costado herido. Además, no es infrecuente que el médico aplique un tratamiento con antibióticos ante el riesgo de infecciones. Si bien no hay evidencias científicas, algunos piensan que este tratamiento debilita el organismo del deportista en plena competición.

Lo peor para el rendimiento del ciclista es que las caídas suelen hacer mella en sus músculos. Primero, porque a veces son los propios músculos los que sufren el impacto en primera persona. Contra el suelo, contra una valla o contra un manillar, por ejemplo. Y segundo, porque se contracturan y se ponen rígidos como reacción al tremendo susto. El resultado es que se llenan de microtraumatismos y microhematomas. Invisibles, sí, pero de nefastas consecuencias. Para reparar estas microlesiones, que además se suman a las que produce el propio esfuerzo acumulado en las etapas, el organismo pone en marcha lo que se conoce como reacción inflamatoria: los músculos lesionados liberan sustancias químicas que atraen a los glóbulos blancos de la sangre, verdaderos guardianes del sistema inmune, y encargados de comenzar la reparación del tejido muscular, un proceso que dura unos cuantos días.

La magnitud de la reacción inflamatoria está en función del daño muscular: cuanto mayor sea éste, más se moviliza el sistema inmune, lo cual consume una buena parte de las reservas energéticas de los corredores. Para autoprotegerse y ahorrar energía, el cuerpo se autorregula a la baja: se vuelve menos agresivo y le invade una sensación de fatiga y decaimiento.

Alejandro Lucía es profesor de la Universidad Europea de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 2004