Existe gran angustia a ambos lados del Atlántico por el futuro de la relación entre las dos orillas. La crisis de Irak no ha sido el origen de esa angustia, pero sí ha supuesto su momento crítico. La sensación de que Europa y Estados Unidos se estaban distanciando empezó a surgir hace ya varios años. Se vio desde el comienzo del mandato del presidente Bush, cuando asistió a la cumbre de la UE en Estocolmo y se encontró con la indignación europea por su rechazo unilateral del Tratado de Kioto. La atmósfera queda bien reflejada en el ambiguo título del nuevo libro de Philip Gordon para Brookings, Allies at war (Aliados en guerra).
Para Gran Bretaña, la idea de que la relación transatlántica pudiera encontrarse en apuros plantea un dilema especialmente delicado. Un principio fundamental de la política exterior británica desde hace 50 años es que no debemos vernos forzados a tener que elegir entre Europa y Estados Unidos, que son los dos pilares sobre los que reposa nuestra política internacional. Si la ruptura de la relación transatlántica fuera irreparable, Gran Bretaña tendría que revisar su concepción tradicional del mundo.
Los historiadores de la relación transatlántica nos dicen que estas divisiones no son nada nuevo. No tenemos que hacer mucho esfuerzo de memoria para recordar la brecha entre Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos a propósito de Suez, la decisión de De Gaulle para sacar a Francia de la estructura militar de la OTAN, la profunda crisis causada por el despliegue ruso de misiles nucleares de alcance medio a finales de los setenta y la doble respuesta de la OTAN, o la división de opiniones frente a la unificación alemana. Sin embargo, en el pasado, siempre estaba lo que se consideraba la amenaza de la Unión Soviética para mantener unida la Alianza. ¿Es posible que ahora, sin el espectro de los carros del Ejército Rojo en las llanuras de Europa central, las discrepancias en los valores y las percepciones de las amenazas mundiales acaben por destruir la alianza transatlántica?
Yo no soy pesimista. Todavía existen dos factores que mantienen a flote esa relación. Primero, tenemos unos valores comunes. A pesar de las críticas dirigidas contra Estados Unidos y su política exterior, a pesar de la preocupación por Guantánamo y el escándalo de la cárcel de Abu Ghraib, Estados Unidos sigue siendo la mayor fuerza defensora de la democracia y los derechos humanos en el mundo actual. Para nosotros, los europeos, eso significa que nuestra relación con los estadounidenses es cualitativamente distinta a la que tenemos con otras potencias nucleares (por mucho que deseemos fortalecer nuestros lazos con Rusia y China).
En segundo lugar, esta coincidencia de valores va acompañada, en el caso de Estados Unidos, por un poder económico y militar sin igual. La realidad es que, si queremos abordar seriamente los problemas del mundo, necesitamos contar con ellos. Tanto en relación con el futuro del comercio mundial y el desarrollo de la Ronda de Doha como con el alivio de la deuda en África o la búsqueda de una solución para los problemas de Oriente Próximo.
Además, en mi opinión, los factores que provocaron las discrepancias entre Europa y Estados Unidos a propósito de Irak están desapareciendo. Los estadounidenses están dándose cuenta de que el poder militar, por sí solo, no es suficiente. La construcción de la paz en Irak necesita una participación mucho mayor de Naciones Unidas y más esfuerzos para dar carácter internacional a la coalición, si queremos acelerar el proceso de normalización y la marcha hacia unas elecciones democráticas en 2005. Estados Unidos, ahora, comprende que necesita aliados, no meras coaliciones de países dispuestos a apoyarle en sus decisiones, sino una amplia comunidad internacional que desea que su voz se oiga y se reconozca. Como consecuencia, ha surgido una inesperada oportunidad de reconstruir la relación transatlántica sobre bases más sólidas.
Ahora bien, para que la relación entre los socios sea real y no simple retórica, Europa debe estar a la altura del reto. ¿Qué quiere decir eso?
En primer lugar, quiere decir mejores mecanismos para establecer el consenso europeo en materia de política exterior, no sólo buscando el mínimo común denominador. En este sentido, el nuevo funcionamiento trilateral que hemos visto de Gran Bretaña, Francia y Alemania, por ejemplo en relación con Irán, tiene suprema importancia. Asimismo, la propuesta de ministro europeo de Exteriores en el borrador de Constitución europea permitirá que Europa presente de forma más eficaz una opinión común (siempre que ésta exista). Los remedios institucionales nunca pueden sustituir a un verdadero acuerdo entre Gobiernos soberanos, pero sí pueden ayudar a crear unas condiciones en las que haya más probabilidades de alcanzar dicho acuerdo.
En segundo lugar, Europa tiene que elaborar una enérgica doctrina propia de seguridad, que reconozca la gravedad de las amenazas a las que nos enfrentamos en el mundo moderno. Con el final de la guerra fría, Europa se volvió confiada respecto a su seguridad. En cierto modo, es víctima de su propio éxito. Al garantizar la paz y la estabilidad en todo el continente, cada vez está más extendida la suposición de que podemos ver el resto del mundo desde esa misma perspectiva progresista. Sin embargo, por desgracia, el mundo en el que vivimos no es así. Existen amenazas muy serias; entre ellas, la mezcla letal de terrorismo y armas de destrucción masiva. Joseph Nye, el eminente profesor de Harvard, ha escrito que Estados Unidos necesita volver a descubrir las virtudes del "poder blando". Estoy de acuerdo. Pero los europeos, al mismo tiempo, tienen que hacerse a la idea de que la necesidad de "poder duro" es, de vez en cuando, inevitable.
En tercer lugar, Europa debe desarrollar la capacidad necesaria para ser un socio equiparable de Estados Unidos a la hora de garantizar la seguridad mundial. Tenemos que reconocer que hubo enormes discrepancias políticas entre los europeos sobre lo que convenía hacer en Irak. Es evidente que ahora estamos todos interesados en crear un Irak estable y democrático, independientemente de lo que opinemos sobre la acción militar emprendida para derrocar a Sadam Husein. Ya que no fuimos capaces de ir juntos a Irak, deberíamos salir juntos. Pero comprendo que la política de la oposición a la guerra tiñe las posturas sobre la participación de tropas en lo que ahora no tendría que ser más que una misión completamente noble e indiscutible. El otro caso que pone a prueba la seriedad de Europa es Afganistán. En la actualidad, el brazo europeo de la OTAN no está suministrando suficientes soldados para garantizar la estabilización de aquel país, que vive una situación tan delicada. Nuestra voluntad de actuar en esa situación determinará que cualquier Gobierno estadounidense tome a Europa en serio. Por último, ¿tiene que modificar Gran Bretaña su enfoque tradicional de las relaciones transatlánticas? Creo que no, pero estoy convencido de que todos debemos ser conscientes de que la metáfora del puente ya no es la que mejor describe la posición británica. La verdad es que, para tener verdadera influencia en Washington, necesitamos tener verdadera influencia en Europa al mismo tiempo. Cuanto más fuertes seamos en Europa, más fuertes seremos en Washington. Eso significa que los británicos nos consideremos dirigentes y constructores del destino de Europa. Y por eso la postura del Partido Conservador de Michael Howard es tan perjudicial para los intereses nacionales británicos. El mensaje de 'vive y deja vivir' de la derecha -que dice al resto de Europa 'integraos si queréis, pero dejadnos a nuestro aire'- marginaría la posición de Gran Bretaña en Europa y desembocaría en una enorme pérdida de poder y prestigio británicos en el mundo. Tony Blair tiene razón al rechazar esta vía de forma tajante. Comprende que una Europa integrada de la que no formáramos parte sería un actor muy poderoso en el escenario mundial. Estados Unidos tendría que tratar con la potencia continental al margen de cualquier simpatía que pudiera sentir por el Reino Unido. Y eso significaría relegar a Gran Bretaña a la segunda división de naciones. Es un resultado innecesario y evitable, y no debemos permitir que ocurra.
Peter Mandelson es presidente de Policy Network. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 2004