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Reportaje:

San Fermín echó el capote

Un chupinazo sin la lluvia que se temía abre nueve días de fiesta en Pamplona

Puntual y madrugador, el chupinazo volvió a despertar el espíritu sanferminero de Pamplona a mediodía. Como ya escribió Hemingway hace más de 50 años, la fiesta estalla en la ciudad al ritmo que marca el cohete. Desde ese momento y hasta el 14 de julio se van a suceder 204 horas de diversión, vertebrada por los encierros que desde hoy recorrerán el centro de la ciudad.

La tradición del chupinazo, instaurada en 1941, se ha enraizado en los festejos hasta convertirse en un acto ineludible. Ayer, decenas de miles de personas se sumaron desde cuatro puntos de Pamplona. Dada la masificación de la plaza del Ayuntamiento, la corporación ha instalado pantallas gigantes en la plaza del Castillo, el parque Antoniutti, la plaza de los Fueros y el paseo Sarasate. La redistribución del público y el ser día laborable produjo un chupinazo limpio, con apenas una treintena de intervenciones médicas, menos de la mitad que el año pasado.

En la plaza del Ayuntamiento se registraron ligeros disturbios cuando un grupo de jóvenes trató de colgar una ikurriña gigante en la puertas del consistorio. La alcaldesa, Yolanda Barcina, minimizó los hechos.

El tiempo -la previsión amenazaba lluvia- aguantó hasta el cohete, lanzado por un emocionado Jorge Mori, edil socialista, que se dejó la voz en el tradicional grito de "¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!" Muchos miraron al cielo y se acordaron del capotico del santo, que limpió el cielo de nubes y deshizo las agoreras previsiones metereológicas.

La lluvia no apareció, pero quienes se acercaron a la plaza del Ayuntamiento salieron anegados en champán, sangría o sidra. Foráneos y pamplonicas (la población se quintuplica en sanfermines hasta superar el millón de personas) se fundieron en una masa blanquirroja con el único objetivo de divertirse.

Antes del cohete, el tradicional almuerzo del 6 de julio se reprodujo en toda Pamplona. Después, otra vez mesa y mantel hasta el Riau-Riau, que no contó con la presencia de la alcaldesa y los concejales por miedo a las agresiones y cuyo papel fue representado por las asociaciones de jubilados, quienes luchan porque no se pierda esta costumbre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 2004